A Arturo Villavela Araujo lo conocí en 1969. En junio de ese año, el periodista Osses fue secuestrado por algunos militantes del MIR en Concepción. El objetivo era interrogarlo acerca de varios artículos que éste había publicado y saber de dónde había sacado la información. El hecho conmovió a Concepción y se desató una violenta represión contra el MIR. Arturo Villavela o Coño Aguilar tuvo que emigrar a Santiago y esconderse. En Santiago, lo destinaron al GPM-4, donde yo militaba en la unidad operativa del GPM. Una de mis tareas, en ese entonces, era dar instrucción a los militantes de diversos lugares. Hacía un tiempo, había estado en Paine donde había un grupo de miristas a cargo del Tranquilo (Alejandro Romero), compañero médico que llegó a ser miembro del Comité Central. Un compañero me informó acerca de una pistola Walter PPK de 9mm que vendían y yo la compré para mi uso personal, debido a que una de las tareas de mi unidad operativa, que comandaba el Loco Mario, era expropiar vehículos para las operaciones que realizaba la CP.
Yo estaba muy chocho con mi pistolita. Pero, uno de esos días, tuvimos una reunión con el nuevo Jefe del GPM, el Coño Aguilar que, hasta cierto punto, era resistido porque pensábamos que el Jefe debería ser elegido entre los miembros del GPM. En el curso de dicha reunión se decide hacer un inventario de armas y, cuando declaro mi PPK, el Coño dice que como él está buscado y no tiene arma, tenía que centralizarla… De esa manera, se fue mi pistolita que tanto amaba. Empezamos chocando, pero después fuimos creando una relación muy estrecha, que se extendió hasta los días previos a su salida hacia Chile, donde -más tarde- encontraría la muerte en la calle Fuenteovejuna.
En el GPM 4, nos visitaba permanentemente para discutir las políticas del partido, sobre todo la estrategia y la política militar, que era su obsesión. Él era un estudioso y un gran conocedor de la materia.
Como más tarde pasé a ser jefe de la unidad [operativa] y, después del golpe, jefe de todas las unidades operativas de Santiago, yo tenía que relacionarme con los encargados de las otras unidades y, por supuesto, con él. [Para ese entonces, el Coño] se había integrado a la Comisión Política, como Encargado Militar. Luego, cuando pasé a ser jefe de la Fuerza Central (que se componía de 4 escuadras), también compartía mucho con El Coño. Siempre me daba tareas y me pasaba su Peugeot 404, que tenía un berretín en la parte trasera para guardar cosas [y trasladarlas] clandestinamente. En su auto recorrí todo el norte, para comprar armas, cuyos datos nos los pasaban los compañeros de la zona. Llegué hasta Arica, estuve en una salitrera, cuyo nombre no recuerdo. Allí, el jefe del Partido era el entrañable Sambo, el de risa estruendosa y el corazón grande, que ya nos dejó. Hasta Arica llegué con el Trotzko Fuentes, otro gran compañero, de risa fácil, y conversación fértil, que desapareció en Paraguay.
Cuando se produjo el Golpe, y después de varias escaramuzas, caí herido, hecho prisionero y estuve en el Hospital FACH. Cuando llegué al AGA, en los subterráneos de la Academia de Guerra, me dejaron en la celda 4 y el Coño estaba en la 8 con el Reta, el Pelao Moreno y Víctor Toro. El Coño había recibido 7 balazos en el estómago, mientras yo había recibido 3 en la pierna. Hasta en eso nos tocaba la misma suerte. Cuando me llevaban al baño, desde la silla de ruedas, yo podía echar un vistazo por debajo de la venda y veía que ellos me saludaban. Su condición de dirigentes les permitía estar sin venda. Desde allí nos llevaron a una casa clandestina en Apoquindo y pudimos mantener conversaciones a través de las ventanas o cuando salíamos al patio. Eso fue en enero de 1975. La idea de la FACH era mejorar nuestro estado físico, ya que estábamos blancos por la falta de sol y demacrados por las condiciones de estrés, falta de sueño, agua , frutas, verduras, etc. Nuestro próximo encuentro, fue en la Penitenciaría de Santiago donde estábamos separados, yo en la galería 7 y él en la calle 6. Yo me escapaba de la galería cuando llegaban los vendedores de cuero y artículos para calzado, o cuando llamaban para solicitar pastillas, aspirinas, o también cuando venían los abogados. Me iba a su calle para hacer reuniones, pidiéndole permiso al guardia con cualquier excusa .
En la Peni le hacíamos bromas, porque él habia engordado un poco. Yo le decía el Guatón Garcés ya que él se había puesto Garcés, como nombre político antes de caer en el AGA. Él era grande y macizo. Y me pegaba fuertes puñetazos, pero yo insistía en mis bromas y, recibía otros tantos golpes como respuesta. En ese ambiente jovial y pasando por todo tipo de actividades para evitar la depresión (como el ajedrez, la lectura, el repujado en cobre, anillos de las monedas de plata, carteras, zapatos, fútbol y basquetbol) fuimos pasando los días. Hacíamos reuniones políticas y de formación. También pequeños actos de resistencia, como cantos y, cuando se cantaba la canción nacional, los lunes cantábamos despacito, pero cuando llegábamos al “que o la tumba será de los libres o el asilo contra la opresión”, cantábamos a todo pulmón. Ahí, los guardias tocaban los pitos y nos encerraban. Al final, se tuvo que suprimir esta actividad para los presos políticos.
A mediados del año 75, trasladaron a quienes estábamos en la galería 7, a la calle 2. Allí nos quedamos hasta que nos trasladaron a la Cárcel Pública, donde tuvimos que pelear una semana con los chinches hasta que los eliminamos. Allí vivíamos los más pesados en una celda de 2×2 con 8 camarotes, 4 de cada lado y quedaba un espacio de 50 cm. abajo. Estábamos el Pelao Moreno, el Loco Mario, el Coño Vilavella, Alexis, Gaspar, el Pato Meniconi, Juancho y el Vilo. Esto era como una medida de seguridad por si querían sacar a alguien de madrugada y hacerlo desaparecer. Luego hicimos una huelga de hambre reclamando por las malas condiciones de vida y apoyando las protestas que se producían en el exterior. Una noche, nos sacaron a todos al patio y nos repartieron en las prisiones de varias ciudades de Chile, desde Valdivia hasta La Serena. Nosotros, por el trabajo que hacíamos con los guardias, sabíamos de antemano lo que iba a pasar y nos aseguraron que no nos preocupáramos, que era todo legal. Por esta razón, y estando dateados, no hicimos resistencia. Yo viajé toda la noche hasta llegar a La Serena. Entre los que íbamos en la camioneta, estaba El Coño, otra vez juntos en la aventura. Seguimos en la huelga castigados solitarios en una celda cada uno por 3 días y después un teniente me llamó y me dijo que el Coño me quería hablar. Allí él me dijo que la huelga de hambre se suspendía y nos pasaron a una sala común, donde había camarotes y unas 100 personas más o menos. Ellos eran duros y no aceptaban comida de las familias, de manera que estuvimos unos 2 meses comiendo chicharos día y noche.
Luego me trasladaron a Capuchinos y, de allí, a Francia donde me operaron 3 veces y estuve 8 meses en un hospital. Perdí los músculos delanteros de la pierna derecha y seguí con 4 cm menos en ese lado. Persistía una infección de estafilococos dorados y, se decidió que me fuera Cuba, para operarme. Y luego, para hacerme cargo de las escuelas. Llevaba 58 radiografías y no sé cuantos estudios más.
Llego allá y me dicen que me van a enviar a donde un médico de los viejos. Voy, el tipo me dice levántate el pantalón, me mira y dice:
-”Chico, tú tienes un clavo ahí que te está haciendo la infección. Toma, acá te doy una orden de internación, te quedas, y mañana te opero para sacar esa porquería”. El médico no revisó ninguna radiografía, ni examen ni nada y me asusté. Me escapé, y fui a hablar con Humberto, del Departamento América. Pero Humberto me dice: -No chico, ese tipo sabe mucho. -Pero, bueno, te voy a mandar donde el Comandante Páez, héroe de la revolución. Allí me fui al Hospital Fructuoso Rodríguez, me ve el doctor, le paso las radiografías, los exámenes , los deja en la mesa y me dice: levántate el pantalón, y repite lo mismo que el otro. No me quedó más remedio que quedarme. Me operaron 2 veces. En la primera se cortó la luz y no pudieron usar el aparato eléctrico para cortar los clavos, así que lo hicieron a martillazos. Y yo escuchaba todo, porque la anestesia era epidural. Pero, de esa manera se solucionó el problema. Luego, me estiraron la piel para cubrir la tibia que estaba muy expuesta.
Me he referido a todos estos eventos porque marcan de alguna manera mis puntos de encuentro con el Coño, pero no fue hasta que nos volvimos a juntar en Cuba, cuando pude conocer y aquilatar a este gran compañero.
Allá teníamos una casa destinada a las tareas militares, cuyo encargado era el compañero Ricardo, que después se fue a Holanda. Nos reuníamos todos los días, el Coño, Ricardo, Martin, Loco Mario y trabajabamos en la elaboración de la estrategia militar, estudiábamos procesos de otros lugares, como la revolución cubana, argelina y América Latina en general. Cuando pasaban compañeros de dirección, los incorporábamos a las conversaciones. Tal fue el caso de Gaspar, El Pepe de Perú, el Pato Meniconi, el Gato, Ricardo de Francia, que se fue con su familia a Cuba, etc.
Debo decir que en el Coño se concentró gran parte del conocimiento del MIR en estas materias. Habrán quedado muchos documentos que se elaboraron y sería bueno recuperarlos para la fundación Miguel Enríquez. En el plano personal, el Coño, era un revolucionario ejemplar que sabía transmitir con fuerza y convencimiento. A él le dieron un departamento en el Vedado, cerca de la Plaza de la Revolución, donde vivía con su esposa, Marina Lechuga (la Chaly), una excelente persona, de izquierda pero no del MIR, y su hijo Arturito, estudiante brillante de unos 9 años, en esa época. Yo lo recogía todos los días en un Lada que le había comprado a un compañero en Bélgica, el Tato Coll. Más adelante, los cubanos le dieron un vehículo. Y para graficar el gran compañero que era, de una ética superior, les puedo contar que los días de descanso, él se trasladaba en guagua cuando iban al cine o al Parque Lenin, o adonde fuera, dejando el auto estacionado. Porque se lo le habían entregado para su trabajo y no para beneficiarse en lo personal.
Es lo que puedo decir del Coño, compañero de grandes valores, éticos y revolucionarios. De convicciones firmes y serio a más no poder. Todo lo que sobre él pueda contar Marina Lechuga (la Chaly), es poco.
Gracias.
