Los tres pesos cubanos del «James»

Creo que ellos llegaron primero a la casa, allá por la Avenida 52.

James y otros dos compañeros se entrenaban para ser los “secretarios” de tres miembros de la dirección: Baucha, Miguel y Andrés. En realidad, el puesto incluía, además, ser chofer y guardaespaldas, siguiendo el estilo que los cubanos habían montado para los miembros del Comité Central de su PC.

La idea le dio tanta risa a Baucha que bautizó “James” a su secretario, porque le pareció que era casi un mayordomo al estilo británico. A éste la broma no le cayó muy bien, pero eso bastó para que su nombre se popularizara.

Un día en una reunión de pobladores, Baucha dijo: “yo les aviso con James”, y como no entendieron el nombre, James, todo colorado, corrigió: “Jaime”. Pero casi nadie de sus verdaderos conocidos le decía Jaime, aparte de la chica Verónica, y yo creo que por huevear.

Otro de los “secretarios era de Concepción y el tercero de Temuco o algo así.

Aunque nadie se metía en que hacían los otros, compartíamos la vida diaria, y también nos aburríamos en largas tertulias en las tardes en que había corte de corriente. En esas tardes, cada uno contaba historias de su vida, y James contó una intrascendente, pero que lo retrata.

“Tenía un par de zapatos tan viejos que se ponía un cartón para no tocar el suelo con los calcetines. Un día se encontró con su compañera que le dijo que simplemente no aguantaba más y que le traía un par de zapatos, y cuando se subieron al carro de ella, una citrola, se los dio. James se los puso, y cuando vio que le quedaban bien y le gustaban se los dejó. Ella le preguntó qué iba a hacer con los viejos, y el le dijo, “mira” y los tiró por la ventana.”

Una tarde yo llegué temprano, y la casa, como de costumbre estaba a oscuras. James y los secretarios estaban en el campo, así que abrí y entré callado, supongo, cuando James salió de su cuarto, el primero a la izquierda de la entrada, y en la semi penumbra vio una sombra entrando, casi me da un golpe en la cabeza.

Después del susto mutuo, nos quedamos hablando y vi que estaba apoyando en el marco de la puerta, y a las preguntas contó la historia:

En un entrenamiento tenía un revolver metido en la pretina, a la altura del riñón derecho, y al tratar de sacar rápido se le disparó, metiéndose lo que se llama un “tiro al sedal” en la nalga, con entrada y salida limpias. Doloroso, pero inofensivo.

Así que, con el orgullo herido y medio rengo, lo mandaron de vuelta para La Habana, con unos pocos sedantes, y por eso estaba dormido cuando yo entré a oscuras y casi me gané un trastazo en el hocico.

Por supuesto que cuando sus colegas regresaron, se rieron y nos reímos a costa de él durante varios días.

Entre las entretenciones de esa casa estaban una biblioteca en temas políticos, militares y de inteligencia, una radio multibandas con la que yo escuchaba KAAY, una emisora rock de Kentucky, un rifle de aire sin municiones, que nosotros usábamos para disparar granos de arroz que le sacábamos al potaje y además un teléfono cuyo número no lo conocía nadie, ni podíamos dárselo a nadie.

… pero unas cubanas sí lo sabían, y sabían que en la casa había hombres solos, así que en las tardes de los viernes llamaban con algún pretexto para que las invitáramos a salir, lo cual nos habían advertido expresamente los responsables de la casa que estaba estrictamente prohibido.

Cada uno de los habitantes de esa casa pasó largas horas acariciando la idea de escaparse en busca de la propietaria de una de esas voces femeninas que nos desvelaban los viernes, pero cuando uno ya flaqueaba, los demás le recordaban los compromisos, la disciplina y hasta la posibilidad de que fueran agentes de la CIA, provocadoras, o ¿porqué no? Agentes del G2 buscando poner a prueba la disciplina de los residentes.

Que yo recuerde, nadie fue seducido por lo cantos de sirenas telefónica, pero todos pasamos al menos una tarde conversando de temas sosos, inventando historias del país que venía, con cuantos amigos estaba, qué estudiaba, en que universidad, y a su vez preguntando como se llamaba la sirena, (siempre era un nombre distinto, pero la voz similar), que si tenía amigas (¡claro que tenía!), como era, que ropa se ponía, adonde salía a divertirse y lo que fuera, con tal de escuchar una mujer.

El asunto es que el día que se hirió de manera tan poco heroica, James tenía en el bolsillo de atrás del pantalón del uniforme, tres billetes de un peso, nuevos y quedaron agujereados, chamuscados y manchados de sangre.

Todos quisimos que nos regalara uno, pero dijo que los guardaba para contarle a su compañera que lo habían baleado en una acción heroica.

Una tarde los secretarios volvieron y por alguna razón no les habían entregado la plata que regularmente nos daban a todos los becados y estaban invitados a algún lado.

‒‒Gordo, estoy pato y necesito salir, te vendo los tres pesos del balazo.

‒‒¿Cuánto?

‒‒Dame seis lucas.

‒‒Ni cagando, cinco.

‒‒Hecho.

Y así resulté propietario de los tres pesos del balazo.

Aclaro, eso sí, que nunca engañé a nadie, ni falsifiqué la historia original. Los guardé hasta que volví a mi casa, y para no perderlos se los regalé a mi madre.

Supongo que cuando salí de mi casa después del once, serían las primeras cosas que botaron.

Esa es la historia del James y los tres pesos cubamos.

Solo que ahora James se llama Patricio Munita y está en un póster hecho con una foto suya tomada antes que yo lo conociera, tal vez de colegio, que no refleja bien esa expresión ni esa mirada de cabro que se sabe bien parecido, medio canchero, medio pesado y también medio por sobre los convencionalismos del resto de la gente.

James, quisiera haber guardado esos tres pesos, manchados con tu sangre, para dárselos hoy a quienes más te necesitan, a falta de lo que tus asesinos nunca devolvieron.

James, secretario, escolta, fiel escudero.

¿En dónde estás ahora, cumpliendo tu deber?

                                               Juan Sepúlveda