Vía Sur era una empresa privada de transportes interurbanos, buses y camiones, transporte de pasajeros y carga, de hecho, la empresa más importante en ese rubro en el Chile de aquellos años. Su central se encontraba en la zona norponiente de Santiago, Recoleta al llegar a Einstein, en la comuna popular de Conchalí. Allí el MIR tenía un importante trabajo en el sindicato y había logrado legitimar sus propuestas entre la mayoría de los trabajadores. Los salarios eran exiguos y los patrones explotaban con todo desparpajo.
Se produce un conflicto laboral, los trabajadores dan a conocer sus peticiones reivindicativas y los patrones se niegan a aceptarlas y, al mismo tiempo, comienzan a despedir a los trabajadores más activos en la vida sindical y de organización.
La reacción espontánea y mayoritaria acordada en asamblea del sindicato es la de tomarse el local más importante de la empresa (colindante además con el taller de reparaciones de motores y carrocerías de la empresa) y hacerse fuertes ahí a manera de presión en contra de la patronal.
Se lleva a efecto la toma del local por parte del sindicato de manera unánime, se copan el taller y el local central de manera pacífica y multitudinaria, y los trabajadores se mantienen durante varios días en las reparticiones, haciendo además una serie de actividades para ganar el apoyo del vecindario, lo cual se logra.
Sin embargo, después de una semana de sostener la huelga y la toma, sorpresivamente, durante horas de la noche, fuerzas patronales (esquiroles a sueldo, lumpen, y miembros de grupos paramilitares fascistas) irrumpen armados en ambos locales desalojando por la fuerza a los trabajadores quienes —luego de intentar defender sus posiciones en el taller— quedan reducidos a permanecer en el local de atención de público.
A partir de esa situación nueva, los trabajadores deciden retomar el taller y el conjunto de la central de Vía Sur, teniendo como centro de operaciones el local de atención al público, y para ello el sindicato pide apoyo expreso al MIR.
La base de militantes del MIR en Vía Sur propone un plan de retoma de la empresa al sindicato, éste lo acepta haciendo algunos reparos operativos.
Se evalúa la capacidad de respuesta probable que tendrán las fuerzas patronales desde el interior del taller y se considera factible la realización de la retoma.
Para evitar situaciones irremediables se acuerda contar con el apoyo de compañeros miristas especialmente entrenados en tareas de choque, en realidad miembros de la fuerza militar central del MIR y algunos de ellos ex-boinas negras del ejército, reclutados para la revolución por Luciano Cruz, uno de los dirigentes fundadores del MIR.
El plan es relativamente simple. El local de atención de público está en una esquina, Einstein con Recoleta, desde su interior existe una cortina metálica que da al taller —la que los ocupantes del taller han cerrado por dentro—, y existe un segundo acceso a través del entretecho que comunica con el conjunto de la central, taller incluido, accediendo a la parte alta del establecimiento.
Se acuerda intentar el ingreso por esos dos puntos: la boca del entretecho (por donde ingresarán los compañeros operativos del MIR) y la cortina metálica que deberá ser derribada por el grueso de los trabajadores utilizando el enorme mesón de despachos —con armazón de fierro y cubierta de madera— a manera de gigantesco ariete.
Se acuerda iniciar la operación al atardecer del día domingo, considerando que es el momento en que la sorpresa será más contundente y paralizadora para los ocupantes en el interior del taller.
Se inicia la acción coordinada a la hora prevista. El enorme mesón de despachos —alzado en absoluto silencio y sigilo por una treintena de trabajadores— da un primer golpe frontal contra la cortina metálica que se estremece con violencia produciendo un estruendo cuyos ecos retumban a varias cuadras a la redonda.
Al mismo tiempo los compañeros operativos comienzan a introducirse por la boca del entretecho con la finalidad de ganar una posición de altura y desplazarse hacia el taller a través de la techumbre del recinto.
La cortina metálica no cede, los trabajadores retroceden sosteniendo el mesón en el aire y volviendo a tomar impulso para reiniciar la carga. Tres compañeros ingresan arriba por la boca del entretecho.
La respuesta de los ocupantes no se hace esperar: sobre la cortina metálica —y desde el interior— comienza a caer una lluvia de pequeñas bolas de acero (parte de los rodamientos utilizados para los ejes de las ruedas de los buses y camiones) lanzados con hondas y desde lo alto, desde el entretecho y el techo los compañeros operativos se encuentran a boca de jarro con fascistas provistos de enormes extinguidores contra incendios escupiendo gruesos chorros de espuma química en dirección a sus rostros desnudos.
Los operativos comienzan a caer, uno a uno, abatidos y semi-asfixiados desde la boca del entretecho hacia el piso del local. Uno de ellos cae totalmente inconsciente, aturdido. Por un instante se piensa que ha muerto.
Pronto la situación se hace desesperada, la resistencia fascista es superior a lo que se había calculado: el mesón no ha logrado romper la cortina metálica, el entretecho está copado por las fuerzas enemigas. La lluvia de proyectiles es ensordecedora y ya los primeros orificios en la techumbre ponen en riesgo la seguridad de quienes se encuentran en el local.
Afuera, en la calle, los pobladores y vecinos del barrio y de las cercanías comienzan a aproximarse. Miembros de la junta de vecinos del sector están en la esquina dispuestos a apoyar a los trabajadores.
Entre muchos otros vecinos que se hacen presente con la finalidad de prestar colaboración y recoger a los heridos, se encuentra un destacado militante mirista, conocido como Pepone, José Carrasco Tapia, cuya madre vivía en las inmediaciones.
Ante una nueva embestida de los trabajadores con el mesón a cuestas, se abre un boquete a través de la cortina metálica y alcanza a pasar al otro lado sólo un compañero, quien era secretario del Sindicato de Fundición Libertad y que junto a otros trabajadores de dicha fundición colaboraban en la acción. Este compañero al encontrarse del otro lado, solo, busca refugio bajo un bus que estaba en reparaciones, sin embargo, los ocupantes fascistas lo habían electrificado y el compañero sufre una violenta descarta que lo deja inconsciente bajo la máquina.
Se hace imprescindible romper el metal de la cortina e ingresar al taller, de otro modo el compañero secretario de Fundición Libertad caerá en las manos enemigas.
Y un nuevo factor agrava la situación: fuerzas especiales de carabineros han arribado a la zona y se aprestan a ingresar por la puerta principal para desalojar a los trabajadores de Vía Sur.
La situación se torna crítica.
El ruido imperante sigue siendo ensordecedor, los trabajadores gritan, los proyectiles comienzan a colarse por la cortina metálica rota y por el techo, que han abierto los fascistas retirando algunas planchas de zinc. Caen algunos heridos. La policía lanza tres bombas lacrimógenas al interior de las oficinas, el aire se hace irrespirable, la situación es insostenible.
De golpe –en medio de los gritos, la lluvia de proyectiles cayendo sobre la techumbre y la humareda provocada por los gases lacrimógenos— un trabajador se acerca al encargado político del MIR gritando a voz en cuello para lograr que sus palabras lleguen a sus oídos a pesar del estruendo; lleva una caja de granadas caseras entre los brazos. El dirigente le devuelvo una mirada incrédula.
—¡Compañero —grita el trabajador con voz desesperada—, es el momento de pasar a la ofensiva! ¡Debemos responder o esto será una matanza! ¡Éstas son granadas, hay que lanzarlas al otro lado o estamos perdidos!
Durante una fracción de segundo el encargado mirista trata de sostener su mirada, en torno el gas lacrimógeno se hace denso y el aire irrespirable. Saltan las lágrimas en los rostros y el escozor provocado por el gas venenoso ahoga.
El hombre sujeta con determinación una de las granadas en la mano y con la otra acerca un mechero encendido.
Afuera el desplazamiento de las fuerzas policiales va cercando la esquina y aprestándose a ingresar para desalojar el local.
Es el momento crítico y definitivo.
El dirigente mirista trata de imaginar las consecuencias del lanzamiento de la primera granada y piensa: ¿una vez lanzada la primera, por qué no arrojarlas todas? La velocidad del pensamiento es un centelleo, habrá muertes, la situación será irremediable. ¿Irremediable?
El trabajador anónimo acerca la llama del encendedor a la mecha del artefacto explosivo.
¿La suerte está echada?
Y el dirigente reacciona: lo toma por la muñeca de la mano que sostiene la granada y le grita en la cara:
—Compañero —se ha acordado de una frase leída en algún texto—: “Nunca una fórmula química podrá reemplazar la energía de las masas». Y a su vez grita: —Compañero, ¡guarde esa granada! ¡No es este el momento de usarla!
¿Cuándo sería, entonces, el momento de usarla?, se preguntaría mucho tiempo después, desterrado, ese militante mirista.
Por orden del intendente de Santiago de la época —Jaime Faivovich— las fuerzas policiales debieron desalojar el taller ocupado por los fascistas.
Para los trabajadores de Vía Sur la sorpresa fue de más en más: en el interior los grupos patronales contaban con un verdadero arsenal de guerra; nunca habrían podido retomar el taller sin contar con armamento de fuego y sobre todo con la disposición para hacer uso de él.
El intendente dispone la intervención de la empresa por parte del estado. Los trabajadores transitoriamente retornan a sus labores.
Después del golpe la gran mayoría pierde el trabajo y muchos de ellos son detenidos y algunos asesinados.
La empresa, finalmente, es devuelta a los antiguos patrones. El compañero caído al otro lado de la cortina metálica, bajo la máquina electrificada por las fuerzas patronales, fue rescatado y llevado a una clínica por el jefe del G-8, Matías (Álvaro Vallejos Villagrán, detenido en 1974 y hecho desaparecer por los agentes represivos de la dictadura) y por el encargado del sector, Juan. El compañero logró recuperarse del shock traumático provocado por las descargas eléctricas.
