Hace unos días atrás, viajando en el Metro, subió un muchacho a cantar: Él estaba interpretando Ángel para un final, y de pronto me pillé coreando la letra, despacito, junto con otros tantos que también la susurraban. La cuestión es que, casi sin darme cuenta, los recuerdos empezaron a desfilar. Supongo que el coro colectivo, la cercanía de Septiembre, la vejeztud… No sé. El caso es que terminé en el Once. Sí,claro, cómo no. En ese 11, el de 1973.
Noo tranqui, este no es el relato de epopeyas heroicas. Para empezar, me ahorraré horas de peripecias y demases, contándoles que más o menos como a las 2 de la tarde de ese día, literalmente desembarqué (desde un camión pequeño y desvencijado) junto con otros compañeros en un potrero que servía de paradero a las micros San Pablo (que en esa época terminaban su recorrido allí), a los pies del Cerro Colorado en Renca.
Habían allí un montón de personas. No sé, a ojo de buen cubero, más o menos 100 o tal vez más, hombres y mujeres, casi todos jóvenes. Yo conocía a unos cuantos y nos saludamos, tratábamos de intercambiar información (recuerden que en ese tiempo los celulares no existían y los computadores eran unas máquinas gigantescas que se demoraban horas en el proceso de inicio) Pero nadie tenía una versión clara de lo que sucedía. Muchos de nosotros vimos pasar los aviones y todos oímos el ruido de las bombas, pero ¿dónde habían caído? Las respuestas eran variadas y confusas, rumores de esto y de aquello, (después supimos que el boca a boca funcionó, porque casi todo era correcto).
Durante un par de horas permanecimos allí en espera, hasta que algunos dirigentes decidieron que era más seguro concentrarnos en grupos de 10 integrantes o mejor menos, repartidos en las casas de las poblaciones cercanas.
Al anochecer llegó el compañero que nos condujo hasta esa casa. Su nombre era Miguel, lucía distinto, se había afeitado el bigote y la pequeña barba que usaba habitualmente. El nos reunió. Tengo que entregarles una información, dijo, y la soltó de una: «Dicen que Allende murió» Fue como si un ala gigantesca y fría nos envolviera, petrificándonos, los rostros demudados, el ceño adusto, labios apretados, ojos humedecidos, silencio… Y, al igual que en la canción: “Ahora sé, cuál fue el ángel que entre nosotros pasó, era el más terrible, el implacable”… Era el ángel de la muerte. Miguel nos contempló un momento. Luego bajó la cabeza, y con las manos entrelazadas jugó con los pulgares haciendo círculos… Cuando volvió a mirarnos, abrió la boca pero ni una palabra salió de ella. Trago aire y casi en un susurró dijo: «No está confirmado, aún» Uno de los hombres carraspeó… y el ángel maldecido voló a otro sitio, a otra casa, a otra calle, a otro lugar.
Viviana Herrera Fariña
