Willy, el «Chico Feliciano»

Hablando con Mateo hace unos días atrás, recordando tiempos pasados y a viejos amigos, me dijo: «uno de los grandes olvidados de nuestra historia, es el chico Feliciano». Esa frase me quedó bailando en la cabeza . Y quizás por eso decidí escribir estas líneas.

Con Guillermo Cornejo Campos, el chico Willy, nos conocíamos desde la infancia. Nos criamos juntos en el mismo barrio renquino de San Genaro. En aquellos años (1957), de barrio en realidad no tenía nada todavía, ya que por ese entonces Renca era «puros potreros».  Él era el mayor de cuatro hermanos. Su padre, don Raúl, era un excelente mecánico de la ETC. Su madre, la señora Elisa, cuidaba de los hijos y de la abuela que también vivía con ellos. Vivían en una casa de madera construida por ellos mismos en la entrada de lo que fue la antigua “Chacra San Genaro”. Un inmenso terreno que posteriormente fue comprado por la ETC y en la cual vivían algunos de sus trabajadores. Con el tiempo, se formó una cooperativa de construcción y se levantó la población San Genaro con casas más sólidas destinadas a los trabajadores de la ETC. La casa que les tocó estaba en la calle 2, frente a la de mis primos.

De los cuatro hermanos, el que más se juntaba con nosotros era el Teco, el segundo.

Bueno para la pelota, los carretes y la guitarra, era el más fiestero de los Cornejo. En plena adolescencia tuvo la mala suerte de agarrarse una terrible infección en la rodilla por la cual tuvieron que amputarle una pierna. Cayó en una gran depresión que sólo con el amor y el cariño de su familia y amigos, pudo superar. Obviamente no pudo jugar nunca más al futbol, pero su carácter siguió siempre igual. El tercero, el Pato, siempre andaba «en otra onda”, fanático por la música, excelente guitarrista, adorador de Jimmy Hendrix.

Queno, el menor, nos observaba desde sus cortos años.

El más serio siempre fue el chico Willy o Feliciano. Le decíamos así por la costumbre de andar siempre con gafas oscuras. Se acostumbró tanto a ellas que se transformó en una casi obligada característica personal que sólo abandono después del golpe y producto de la represión.

Un día cuando tomaba el bus que me conducía a la fábrica Hirmas 2 (Texicron) donde yo trabajaba, subió conmigo el chico Willy, nunca hubiéramos podido imaginar que ese fugaz encuentro cambiaría nuestras vidas.

-Hola flaco, ¿p’a dónde vai?

-P’a la pega pos chico, ¿y tú?

-Voy a la Facultad me respondió el chico. Tengo una prueba y no sé cómo me va salir.

– ¿Qué estai estudiando chico? -Psicología, me respondió. ¿Y tú, dónde estai trabajando?

-Ahí en la Hirmas. En la fábrica nueva.

-Oye. ¿y cuántos trabajadores hay?

-Como 700, y la mayoría somos todos jóvenes, aparte de los jefes que vienen de la Planta Uno.

-Y el sindicato compadre, ¿cómo anda?

-Ahí no más, no nos inflan mucho. Dicen que sólo somos cabros y que no tenemos idea de las cosas sociales.

-Sabís Flaco, podríamos hacer algo en conjunto. Quizás si nos juntáramos a discutir un poco podríamos ver la forma de hacer algo.

-Bueno, uno de estos días paso p’a tu casa y conversamos

Y ahí comenzó nuestra segunda historia con el chico Willy. Mejor dicho, con el chico Willy y su familia, ya que siempre tuvimos en ellos un apoyo sin límites. Nos juntamos en su casa y empezamos a ver qué podíamos hacer a nivel de la fábrica, y después se nos ocurrió que podíamos tomar contacto con alguien del MIR para tener una visión más amplia de las cosas que pasaban en nuestro país.

El Feliciano se las ingenió para hacer una cita con Andrés Pascal Allende. En esa época Andrés era un fugitivo de la justicia que junto con otros compañeros del MIR eran buscados por toda la policía a causa de los asaltos de bancos de los últimos tiempos.

Pese a eso, un día Andrés llegó a nuestra población, a la casa del chico más exactamente. Ahí estábamos el Chico Feliciano, Pablito y yo. Nos explicó que los asaltos a bancos no eran asuntos delictuales sino «expropiaciones al capitalismo» o «recuperar para el pueblo» lo que los capitalistas nos robaban diariamente.

Confieso que al principio no «caché» mucho sus ideas.

-Pero no hay problemas Flaco, me dijo

-Yo les voy a dejar conectados con alguien para que les explique por qué y cómo, cada día, los capitalistas les roban a ustedes su fuerza de trabajo. Y lo que nosotros hacemos no es otra cosa que «recuperar» lo que a ustedes les roban diariamente.

Ese alguien fue el rucio James (Patricio Munita), con el que compartiríamos tantos y lindos días de nuestra juventud.

Nos gustó el discurso de Andrés. Y más aún su imagen de joven bien educado, honesto de «buena cuna» que se preocupaba de los más pobres. Era la primera vez que veíamos alguien dedicado a la política que tenía un discurso de esa naturaleza hacia con nosotros, cabros pobres, de origen humilde que sólo habíamos visto a «politiqueros de turno» venir a darnos charlas para juntar votos y después «chao pescao». Una vez pasadas las elecciones ni siquiera se acordaban de nosotros. Como decían nuestros viejos.

Esa sencilla reunión que podría aparecer como algo anecdótico, pasó a ser el acto fundador del MIR en Renca. Los viejos miristas se acordarán de la importancia que tuvo Renca y posteriormente el GPM 8 en el desarrollo del MIR en Santiago.

Hicimos muchas cosas juntos. Desde las más simples de la vida cotidiana hasta las más serias como querer cambiar el mundo. Pero nunca dejamos de ser los «cabros del barrio». De nuestro querido barrio que nos vio crecer. De los bailes, las pichangas, los amores y los desamores, de nuestra pobreza material, de la fidelidad de las amistades y de todo lo que la vida nos enseña en un barrio popular. Junto a ellos pasamos de la infancia a nuestra adolescencia y casi sin darnos cuentas nos metimos «en cosas de adultos «.

Muchos nombres y recuerdos se agolpan en la memoria con aquellos que compartieron nuestras casas, nuestros humildes hogares, en esos tiempos de honestos sueños e ideales. De aquellos que nos ayudaron, que nos protegieron, que nos mostraron su entereza, su lealtad y coraje como el chico Feliciano y sus padres, la señora Elisa y don Raúl.

Flaco Lucho (Recuerdos)