Recuerdos sobre «Renato» en la Brigada Secundaria

En realidad, no recuerdo con exactitud cuando conocí a Martín Elgueta, pero debe haber sido en alguna de las reuniones de la Brigada Secundaria del MIR, en 1970-71. No interesan aquí las peripecias de esa Brigada. Si se estaba formando, conformando o reformando, pues la militancia del MIR en liceos y colegios se manejaban hasta entonces muy a la libre, dependientes de otras estructuras políticas “de adultos”, pero en el momento político de la elección de Allende, el regional Santiago los unifica, integra y les da la autorización de convertirse en lo que, con un poco de optimismo, se llamó una estructura político-militar.

Rápidamente se constituyó una jefatura política y él, como jefe de la unidad del Liceo Manuel de Salas y con el nombre político de Renato, la dirigió y terminó de armar todas las piezas que ese rompecabezas debía tener. Cómo lo consiguió, es un detalle que hace mucho escapó de mi memoria, pero lo hizo, y ese rompecabezas funcionó como se suponía que debían funcionar todas las estructuras de su tipo, tuvo tareas políticas, cumplió la parte de la política nacional que el partido le encargaba, fuera la que hubiere sido, sus militantes participaban en los movimientos sociales que le correspondían dentro de la provincia de Santiago, desarrollaba una indispensable labor de adoctrinamiento político e iniciación en aspectos de seguridad y asuntos armados de una militancia que, en su mayoría iba de los 15 a los 18 años de edad. Adicionalmente y no de poca importancia, esa brigada fue una fecunda cantera de militantes disciplinados que cumplieron responsabilidades más apropiadas para personas del doble de su edad. 

Y mientras hacían esto, los militantes de la brigada tenían que tratar de cumplir con sus deberes escolares, llegar a sus hogares donde estaban sometidos a la disciplina familiar y, al menos los más “maduros”, se preparaban para dar la prueba de ingreso al sistema universitario, la temida Prueba de Aptitud Académica. 

Me enteré de mis resultados en ese examen nacional una noche que venía de participar en un rayado, que era una suerte de expedición nocturna en la cual un grupo imberbes aspirantes a revolucionarios recorría un barrio que nos interesaba y allí pintábamos consignas y arengas. Casi amanecía cuando veníamos por Avenida Independencia de regreso al centro santiaguino y uno de nosotros dice, miren, ya salió el mercurio y hoy trae el resultado de la prueba. En un kiosko esquinero acababa de pasar el camión dejando los atados de periódicos y compramos uno para ver nuestros resultados. Con ese mercurio bajo el brazo llegué a mi casa para mostrar a mis padres que gracias a sus regañadas y desvelos había conseguido un lugar entre los 30 admitidos a la escuela de periodismo de la Universidad de Chile (el número 27, si mal no recuerdo). 

Sin embargo, cuando le conté a uno de mis camaradas de mi excelente resultado, me respondió Renato entró en primera lista de Economía de la Chile, ¿Qué te parece? Y con eso me dejó callado, ya que en mi mente dirigir toda la brigada secundaria y a la vez ser un estudiante con ese tipo de resultados, iba más allá de mi comprensión. 

Después lo vi un par de veces en eventos de masas, ya como uno de los dirigentes del partido y en compañía de adultos o, al menos, eso me parecían a mí. Mientras la mayoría de los recién salidos de la brigada secundaria nos sentíamos cómodos con nuestra imagen de chiquillos revolucionarios disciplinados, especie de niños prodigio de la revolución, él se integró muy rápidamente en la dirigencia con gente que le llevaba 10 o más años de edad. 

En mi imaginario, esa promoción de la brigada permanecerá siempre como un ejemplo de valores éticos y madurez que a algunos de sus integrantes les sirve de inspiración personal y fuente de ejemplos de vida de una manera desproporcionada con la duración de esa experiencia. El aporte trágico de esa brigada a la lista de héroes y mártires revolucionarios del Chile de los años 70 será, el más triste testimonio de lo anterior

Quiero creer también que, gran parte de esas alturas que alcanzó ese grupo de chiquillos que hoy seguimos recordando como brigada secundaria, se debió al trabajo y dedicación de nuestro primer jefe, Martín Elgueta Pinto, y al ejemplo que siempre nos dio.