Un ejemplo para todos nosotros.

A ARTURO “COÑO” VILLAVELA ARAUJO.

El año 1965, mientras estudiaba en Concepción y por mis proximidades a la juventud masónica, conocí a Pío Villavela, estudiante de los últimos años de ingeniería.  Él era un hombre muy correcto, serio y afable.  En ese entonces, conocí a su hermano menor, llamado Arturo, a quién vi por primera vez en reuniones en la Federación de Estudiantes.  También serio, con él congeniamos, porque manifestábamos cercanías en posiciones políticas.  Era muy callado y de carácter más bien silencioso, sin plantearse abiertamente.  Yo tenía una gran simpatía a un grupo (MIR), que manifestaba una solidaridad grande con Viet Nam y tenía un discurso de izquierda nuevo para mi.  Sin embargo, veía poco a Arturo y más a Pío a quien le preguntaba por su hermano y con quien quería conversar y discutir sobre política.  Él pertenecía a un grupo pequeño llamado GRANMA, que contaba con algunos miembros de la Universidad, mayoritariamente de la carrera de ingeniería.

Estuve un año en Concepción y regresé a Santiago, en donde mi militancia se hizo más orgánica, en tareas de carácter cercano a la Dirección y a unidades más técnicas.  En ese entonces, la Dirección del Partido se había radicado en Santiago, Miguel había viajado a China y empezaron a crearse unidades de militantes.  El año 67, ocurrió lo de Oses en Concepción y comenzó el desbande de compañeros penquistas hacia Santiago.  En ese entonces, llegó el Coño y fue nuestro jefe.  Participábamos de acciones de financiamiento, de conseguir lugares de infraestructura, para la organización, estudio de planes operativos y de escapes, etc., porque se preparaban acciones directas para y con el movimiento de masas.  Él condujo muchas de ellas y participó directamente, que demostraba gran consecuencia, compromiso y dedicación a nuestras políticas.  Recuerdo que una vez, cuando nos disponíamos a “conseguir” un jeep para una acción, en el auto que yo andaba lo llenaron de fierros.  Los tiras andaban tras nosotros y nos perseguían.  Entonces, en un descanso me entregaron un fierro largo y le pregunté, “y si yo ando manejando, ¿cómo lo hago?”  y dijo, “sacas la cabeza por la ventanilla y lo usas”.  Encontré casi imposible hacerlo.  Creo que tenía en su mente, que la acción debía efectuarse si o si, sin tener pérdidas.

Recuerdo que para el paro nacional (1969) yo no pude conseguir un auto para que se dispusiera del vehículo durante esa jornada.  Acudí a donde él estaba acuartelado junto otros compañeros.  Cuando le informé que no había podido conseguir el auto y que debía devolverlo de inmediato, fui sancionado por ello y enviado a trabajar a un frente de masas, Renca.  El Coño era muy exigente y demandaba que cada uno de nosotros entregara todo lo que tenía a su alcance para llevar adelante las tareas partidarias y si no, que se hiciera lo imposible para conseguir lo que era necesario para obtener resultados.

Después de un tiempo, lo volví a encontrar en otra instancia.  Él ya era de la CP.  Nos saludamos muy fraternalmente y compartimos un pequeño momento, ya que volvíamos a ser parte de un equipo de la misma área.  En ese entonces hicimos muchos recuerdos de antaño. 

Vino el golpe y no supe de él hasta que cayó.  Por ese entonces, cualquier caída de algún compañero de dirección, se podía convertir en un ajusticiamiento.  El Coño sabía eso, así como sabía que las torturas que aplicaba el régimen a nuestros militantes eran atroces.  Según supe, para enfrentar ese momento, Villabela estuvo dispuesto a morir, antes de caer en manos del enemigo.  Por ello, él portaba una cápsula de cianuro y estaba dispuesto a usarla en caso de ser apresado.  Sin embargo, cuando lo quisieron detener, el Coño se tragó la cápsula y no le produjo ningún efecto.  Lo que él no sabía es que debería haberla masticado para que el veneno hiciera efecto. Finalmente fue apresado, después de haberse enfrentado armado a las fuerzas represivas, cayendo herido y detenido.  Fue trasladado al AGA, donde afortunadamente existía una política distinta a la de la DINA, y que consideraba a los compañeros como prisioneros de guerra, respetándoles la vida, con lo que buscaban realizar un trabajo de inteligencia, lo que los ponía en disputa a los otros equipos represivos. 

Yo estaba en Europa e hicimos muchas campañas por la liberación del grupo de compañeros que estaban en el AGA, en el que él también estaba incluído.  Luego supe que salió al exilio y que había viajado a la Isla, en donde jugó un importante rol en la construcción de una estructura militar propia.

A fines de los años 70, el Partido implementó la política de retorno con un carácter masivo de militantes. El Coño buscaba formar un equipo para ingresar a Chile y, al pasar por Alemania, intentó ubicarme ya que necesitaba compañeros de confianza, pero desgraciadamente no encontró el lugar donde yo me encontraba.  

A inicio de los 80 se desarrollaron en Chile una serie de acciones armadas. Por diversos motivos, teníamos la certeza que el Coño estaba a la cabeza de esas tareas militares.  Luego, en septiembre de 1983, tuvimos la confirmación del asesinato de los compañeros en Fuenteovejuna y Janequeo. Cuando se supo que El Coño estaba entre los caídos, para nosotros, quienes habíamos trabajado con él , la noticia fue como un mazazo y nos causó un enorme dolor.

Después de algún tiempo, supe que gran parte de su equipo habían sido compañeros con quienes yo había trabajado y que habíamos sido considerados por él y otros compañeros, como militantes de confianza. 

El Coño siempre fue visto como un ejemplo para todos nosotros quienes estuvimos cerca.  Era un revolucionario íntegro, consecuente, fraterno, tolerante, dispuesto a ayudar a los compañeros y poseía una moral muy alta, digna de un hombre nuevo que nuestra organización quería construir y formar.