Revolucionario e Internacionalista

Conocí a Hugo Norberto Ratier Noguera, Ramón, Ramiro o José, en los primeros meses del gobierno popular. Él y su compañera (Graciela), eran dos militantes del PRT que venían llegando de Argentina y se refugiaron en Santiago junto a Hugo, su pequeño hijo.

Por esas cuestiones del destino, el Pelao Moisés (Cura Chico) y yo, nos enteramos que un matrimonio argentino andaba por nuestro barrio buscando una casa para arrendar. Y una tarde los conocimos. No podían pagar mucho porque ninguno de ellos tenía un trabajo fijo ya que, hasta ese momento, se les había hecho difícil encontrar algo. Entonces nos acordamos de que, a unas cuadras, había un vecino que tenía 2 o 3 piezas desocupadas y fuimos a preguntarle si le interesaba arrendarlas. La respuesta fue afirmativa y pronto se trasladaron a vivir a la nueva casa.

Para solventar los gastos, empezaron poquito a poquito a comprar cuero y otros materiales para hacer carteras artesanales. Graciela era la diseñadora y la que hacía las terminaciones y, el Ché, como empezamos a llamarle, hacía el resto.

Nos acostumbramos a visitarles y llegábamos por allí casi todas las tardes. Siempre tratábamos de ayudarles con el trabajo y ellos nos convidaban a tomar unos amargos, a veces acompañados del pan amasado que el Cura Chico traía de su casa, o las masitas marrones –como ellos las llamaban– (galletas de chocolate Tritón) compradas en el almacén de la esquina. Así nos fuimos haciendo amigos. Y como teníamos posiciones políticas similares, una cosa llevó a la otra y muy pronto estaban militando en el MIR.

Por su entrega y sus conocimientos, él fue muy pronto ascendido a militante y comenzó a tomar responsabilidades. Ella también trabajaba en política, pero seguía manteniendo nexos con su organización. Cuando podía, colaboraba con nosotros ya que mucho de su tiempo tenía que usarlo en el trabajo laboral que había conseguido y estar junto a su pequeño. Militamos un tiempo juntos en el GPM–8 pero luego nos separamos. Yo me fui a hacer trabajo político a las comunas del norponiente y él y ella siguieron trabajando allí, en la zona norte.

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Después del golpe, nos volveríamos a encontrar nuevamente con José, pero debido a la compartimentación, no ahondamos en detalles. Más tarde, en 1975, nos encontraríamos cuando yo buscaba reconectar hacia arriba las estructuras que dependían de mí y el trabajo de masas en mi zona. Para ese entonces, él había empezado a trabajar en un equipo de apoyo al Regional y, en particular, a Dagoberto Pérez de quien llegó a ser ayudante. Ahí me contó que estaba solo. La compañera y el niño habían marchado al exilio y vivían ahora en Italia. Le dolía mucho su ausencia, pero su compromiso era con el MIR y con la lucha.

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Cuando la cacería de nuestra dirección se acrecentó y parte de ella fuera detectada en la parcela Santa Eugenia, en Malloco, donde el mismo Dagoberto cayera y varios equipos de apoyo fueron desmantelados, el Ché no cayó en las redadas, pero quedó completamente desprovisto de infraestructura. Estaba en la calle y no había como protegerlo. Y tampoco era una tarea fácil: un hombre solo, sin una clara actividad laboral y con el característico acento que lo delataba apenas abría la boca…

La única solución era llevarlo a mi casa y así lo hicimos. Llegó como el primo de mi mujer que había vivido en Argentina y que ya no encontraba trabajo por allá. De algo ayudaba que ambos fueran de pelo claro y la tez blanca. Era un cuento muy simple, pero al menos servía para que los vecinos no preguntaran demasiado.

Yo seguía siendo relativamente desconocido y tenía una fachada de relojero que trabajaba para varias tiendas del centro. Era verdad que sabía la profesión y, de cuando en cuando, recibía algún reloj descompuesto de los vecinos. A veces cobraba algo otras veces nada, como debe ser. Teóricamente, él también estaba aprendiendo la profesión y me ayudaba con los trabajos. En realidad, yo trabajaba laboralmente en otra cosa, pero esa fachada nos ayudaba a entrar y salir en horas anormales.

Juntos nos tocó vivir ese duro período y el proceso de reconstrucción partidaria que la realidad nos imponía. Años después, otra gente criticaría las decisiones que se tomaron y la línea política seguida. El problema, era que esos acervos críticos no estaban con nosotros en esos meses de terror y escasez. No conocían el día a día ni de las masas ni tampoco del partido bajo la dictadura en esos años. Una cosa es hacer análisis políticamente correctos en la retaguardia, pero otra cosa era sobrevivir con menos de lo mínimo, bajo el constante acoso de los órganos represivos y al mismo tiempo ser capaces de poner en práctica la táctica y la estrategia correctas.

A veces, las acciones tácticas están –además– marcadas por la inmediatez, por condiciones a las que no te puedes hacer un lado. En ocasiones, las masas en su accionar van más allá de lo que la línea indica y, cuando tú estás inmerso en ellas, el dilema es actuar con ellas y tratar de conducirlas lo mejor posible o hacerte un lado y dejarlas que actúen solas. Pero si lo haces y te desmarcas de ellas, ya no eres ninguna vanguardia.

En los días y semanas posteriores al enfrentamiento de Malloco, la mayor parte del Partido había quedado desconectado. Por arriba, sólo el Nancho, el Cura Cortés, Ricardo Ruz Zañartu (Alexis) y unos pocos cuadros medios sobrevivían a la cacería. Por abajo, mucha gente de provincia y un buen número en Santiago estaban descolgados, algunos completamente desguarnecidos. El MIR estaba casi destruido, pero prometimos levantarnos como el ave Fénix. Agrupados en lo que por entonces se llamó Base Miguel Enríquez, contando sólo con unos 30 militantes en activo en todo Chile y con la represión envalentonada por sus éxitos, era una tarea terriblemente complicada.

Por suerte, nuestros contactos con los niveles superiores que estaban activos, no se habían roto y José disponía de algunos puntos de emergencia para reconectar gente hacia abajo y con otras estructuras que habían quedado dispersas. Nos pusimos a la tarea y pudimos retomar a la mayoría de los grupos desconectados que no habían sido golpeados. De acuerdo con nuestras cuentas, casi el 80% del partido en el interior pasaba por nuestras manos en esos momentos. La situación era extremadamente difícil, ya que no había dinero y, menos todavía infraestructura propia para resolver, aunque fueran los casos más críticos.

Así era nuestro propio caso. No teníamos recursos y nuestra situación era angustiosa. Ya vivíamos demasiado tiempo en esa casa y deberíamos mudarnos a otra lo más pronto posible, pero no había absolutamente ninguna chance de conseguirlo.

Y hasta hubo una oportunidad que pudo haber tenido consecuencias fatales. Un día salí, como de costumbre, a hacer contactos llevando conmigo mi arma de defensa personal. Pero en uno de esos trayectos en micro, empecé a sentirme mal. Mi cabeza daba vueltas, la visión se tiñó de negro y una transpiración fría me empapaba todo el cuerpo. Es probable que la causa haya sido que ese día no había ingerido casi nada de alimento o que por alguna razón haya sufrido una descompensación. Y es que, además, llevaba horas yendo y viniendo por distintos puntos de Santiago. Sé que si no me desmayé fue por miedo a delatarme con papeles clandestinos y un arma encima. El caso es que, por seguridad, decidí irme a la casa de un familiar lejano que vivía por ahí y pedir permiso para recostarme y descansar un poco. Estuve allí una hora y luego me volví a nuestra casa.

El problema era que no había podido avisar de mi tardanza. Y, cuando abro la puerta, me encuentro con que alguien me pone una pistola en la cabeza. En una fracción de segundo también yo, sin saber cómo, había sacado mi arma desde donde la llevaba.

Afortunadamente José alcanza a gritarme: ¡Para! compadre, ¡para! ¿Vienes solo? ¿Por qué te demoraste tanto? ¡Huevón! podría haberte matado… ¡pensé que te habían detenido!

La verdad es que, después que nos calmamos un poco, me criticó duramente. Pero era una decisión que tuve que tomar. Una decisión basada en lo que estaba pasando. Y por ese entonces no era muy fácil comunicarse sin tener teléfono. Menos para alguien como nosotros, que estábamos viviendo clandestinos y sin recursos ni siquiera para comida.

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Para hacer todo más grave aún, yo perdí mi fuente de trabajo y ya no teníamos dinero ni recursos de ningún tipo. Lo poco que yo podía conseguir haciendo pololos se usaba para comida. Tan mala era la situación que José, fumador empedernido, tuvo que salir muchas tardes a cunetear por las paradas de microbús. En otras palabras, a recoger colillas que la gente tiraba en la cuneta. Cuando había juntado unas cuantas, recuperaba lo que quedaba de tabaco y se liaba un anhelado cigarrillo con éstas.

Nuestra situación era realmente desesperada. Pero, aunque teníamos nuestras armas personales y la planificación terminada de varios objetivos, nunca llegamos a usarlas para hacer una expropiación. Lo considerábamos el recurso más extremo. Por un lado, porque significaba una posibilidad más de ser apresados y, por otro lado, porque sabíamos que, en nuestras condiciones, los únicos objetivos posibles eran pequeños o medianos comerciantes o empresarios ¡y eso era como robarle a nuestra propia gente!

Pienso que, si nos manteníamos cuerdos y en pie, era gracias a que el peligro estaba presente en cada minuto. Que no había tiempo para pensar en la difícil y desastrosa situación por la que pasábamos. La única meta era sobrevivir hasta la mañana siguiente. Había que seguir adelante a toda costa ya que la vida y la seguridad de muchos otros compañeros dependían de nuestros esfuerzos. De nuestra firmeza para seguir adelante.

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Finalmente, el apoyo de los compañeros de la Junta Coordinadora Revolucionaria de América del Sur (JCR), y en especial el ERP argentino, vinieron a darnos un respiro. La dirección había recibido algún dinero de parte de ellos y se pudieron solucionar los problemas más urgentes a ese nivel. Y también nos hicieron llegar algo a nosotros. Por lo tanto, empezamos a buscar otras casas donde mudarnos. Digo otras casas, porque, a esas alturas, José había conocido a una muchacha. Ella era madre sola y vivía con sus padres a unos 50 metros de nuestra casa. Habían empezado a pololear y él, corriendo enormes riesgos, le iba a proponer que se fueran a vivir juntos. Pero ella no era sola, tenía dos hijos de una relación anterior. Sin saber cuánto ellos habían conversado, a varios de nosotros nos pareció algo terriblemente arriesgado. Pero él estaba seguro.

Al poco tiempo, la iniciativa – con la venia de la Dirección interior– fue llevada adelante. Se mudaron juntos a una casita por allá por la Gran Avenida y formaron una linda pareja. Él asumió el rol de padre que a los niños le faltaba y ella aceptó vivir con los riesgos, carencias y las duras condiciones que la clandestinidad les imponía. Con el tiempo tuvieron otros hijos. El muchacho, que se parece mucho a Hugo, se llama Dagoberto, en honor a Dagoberto Pérez, creo. La Flaca, que falleció hace algunos años atrás, llegaría más tarde a militar en el MIR y sería el apoyo más fiel que José tuvo en ese tiempo. Más adelante, ella y sus hijos tendrían que salir también a la retaguardia.

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Para demostrar nuestra capacidad de acción y golpear al régimen, desde fines de 1976, pero especialmente en 1977, nuestras unidades comenzaron a realizar acciones directas y de propaganda armada. Al principio, sólo eran acciones aisladas muy rápidas (acciones relámpago, las llamábamos) donde repartíamos panfletos en centros de trabajo o estudio o en alguna población, pero luego, cuando la represión ya conocía nuestros métodos, pasamos a usar bombas panfleteras y de ruido.

Las bombas panfleteras y de ruido, se llamaban así porque sólo usábamos una cantidad mínima de explosivo casero para hacer ruido o para hacer volar los panfletos con espoleta de tiempo. Con estas, siempre fuimos cuidadosos en extremo y nunca se pusieron en lugares donde algún inocente pudiera resultar lesionado. Sólo una vez, un grupo ligado a nosotros, pero bastante anárquico en su accionar, puso un artefacto de ruido delante de los Tribunales de Justicia, en calle Compañía, con tan mala suerte que éste explotó cuando salían los estudiantes de un liceo nocturno en las cercanías. Dos personas resultaron con heridas leves. A esos compañeros –que al ir a colocar el artefacto se habían asustado por la presencia de una patrulla y lo habían arrojado en un tarro de basura cerca de la calle– se les criticó duramente y fueron marginados de este tipo de trabajo.

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La mayoría de estas acciones fueron encabezadas por el MIR, pero, poco a poco, se fueron incorporando miembros de los Comités de Resistencia que se formaban en poblaciones, centros de estudios y lugares de trabajo. En estas primeras acciones, empezaron a hacerse notar compañeros y compañeras que, luego, tendrían un papel destacado en el desarrollo de la lucha miliciana y de la Fuerza Central del MIR.

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Cuando a mí me llegó la hora y fui detenido por la DINA/CNI, este puñado de compañeros no fueron afectados por la represión y pudieron continuar con el trabajo que empezamos juntos. Bajo la dirección de José –y ya como Fuerza Central– lo llevarían a niveles superiores en la lucha contra la dictadura.

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Como decíamos, en los meses y años posteriores, Hugo Ratier, José se transformaría en el legendario líder e impulsor de la Nueva Fuerza Central y del trabajo de creación de las Milicias Populares de la Resistencia. Pero él no sólo era un jefe militar como se le ha mostrado. Todo lo contrario, siempre estuvo pendiente del desarrollo del trabajo masas, de la participación en las luchas populares en todos los frentes. La diferencia radicaba quizás en la forma de organizar el trabajo. La lucha abierta o semi abierta no podían –en teoría– realizarla las mismas personas que hacían propaganda armada o eran miembros de la Fuerza Central. Pero la consigna siempre fue que nuestra retaguardia eran las masas. En la única parte donde podíamos estar seguros y a resguardo era fundiéndonos con la masa. No siempre esto fue posible y hubo que arrendar casas o comprar armamento en el mercado negro, pero la consigna era que la mejor infraestructura era la que conseguíamos con nuestro trabajo de masas.

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El inicio de los 80 fueron los años donde el enemigo estaba más fuerte y el MIR en extrema debilidad. El proceso de retorno que debía fortalecer al Partido, trajo también consigo enormes problemas de infraestructura, seguridad y puso en duda la supervivencia misma de muchos dirigentes y cuadros.

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José cayo luchando contra un numeroso contingente de DINA/CNI. Lo asesinaron en su casa, en la calle Janequeo de Quinta Normal, el 7 de septiembre de 1983, el mismo día que la DINA-CNI asesinara a mansalva a otro legendario: al jefe militar del MIR, Arturo Coño Vilavella Araujo, y a los miembros de su equipo Lucía Vergara Valenzuela y Sergio Peña Díaz en la calle Fuenteovejuna.

A unas cuadras de la casa donde cayera José, la DINA-CNI asesinó también a su ayudante, el compañero Alejandro Salgado Troquián. El hijo adoptivo de este último, que también estaba en la casa de Janequeo, se salvó milagrosamente sin llegar a ser alcanzado por las balas y pudo refugiarse en una casa vecina. Es el único testigo directo de este crimen.

Según la CNI y el llamado “Comando Conjunto” esta operación habría sido en represalia por el atentado que costó la vida al Teniente Coronel Roger Vergara, director de la Escuela de Inteligencia del Ejército.

Meses después de su caída, otra tragedia vino a a agregarse a la muerte de José: su primer hijo, (Huguito) habiendo batallado por muchos años con sus problemas sicológicos, finalmente se quita la vida.

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Hugo Ratier, era un compañero, pero también un amigo. Aunque han pasado casi 40 años, su heroico sacrificio todavía me entristece. El inolvidable José, nació argentino. Pero quiso quedarse para luchar junto al pueblo que lo acogió, sin exigir nada a cambio. El hecho de quedarse no fue una decisión a la rápida. Él lo supo desde un primer momento. Y es que no sólo era un militante del MIR, era un mirista militante. Un organizador nato y con dones de mando, un jefe político–militar cómo los que se necesitaban por aquellos días. Honor y gloria a su sacrificio internacionalista.

Pensando en este entrañable amigo y revolucionario, quiero recordar a todos aquellos compañeros internacionalistas que militaron en el MIR y en otras organizaciones chilenas que se opusieron con las armas en la mano al gobierno de facto.

También a quienes cayeron en la lucha contra los enemigos del pueblo en alguna casa, camino, bosque o montaña en Chile, pero también en Nicaragua, El Salvador o Guatemala. No cayeron como argentinos, uruguayos, brasileños, chilenos, etc., sino como internacionalistas.

Su sacrificio no debería olvidarse nunca.

Andrés Villalobos (Iván)