En memoria de Álvaro Vallejos Villagrán
e Isidro Pizarro Meniconi, detenidos y hechos desaparecer
por la dictadura cívico militar.
Por la amistad, para Francisco y Tomás Pizarro Meniconi.
Para el desconocido que nunca volvimos a ver.
Era cerca de la madrugada. Antonio tenía aún la brocha en la mano y Julio sostenía el tarro de pintura roja, acercándoselo para que untara.
Estábamos en eso cuando lo vimos venir.
La noche de noviembre era caliente y el cielo estaba despejado. Las luces del alumbrado público no hacían más que proyectar una claridad amarillenta en la calzada. Yo estaba fumando y pasándome un trapo con diluyente por las manos manchadas, el cigarrillo lo sostenía únicamente con los labios apretados y el humo se escapaba escociéndome los ojos. Un perro raquítico hurgueteaba metiendo el cuerpo en un tarro de basura y desparramaba los desperdicios en la vereda. Por la avenida Independencia a esa hora casi no transitaban vehículos y, salvo contados peatones, estábamos totalmente solos. Las murallas eran nuestras.
Era un hombre joven, alrededor de la treintena, delgado y cargado de hombros, como si sobre ellos soportase un peso superior a sus fuerzas. El rostro filudo estaba provisto de una sonrisa alumbradora y persistente, los labios gruesos acusaban un gesto de curiosidad e inquietud. Sólo su frente transmitía una sombra de pesar y amargura. Caminaba con desenfado y desde lejos se le veía contento.
Lo primero que hizo cuando estuvo entre nosotros fue mirar el rayado y adoptar un aire dubitativo, luego alzó sus negras y pobladas cejas y manifestó su aprobación.
Nos pidió cigarrillos como quien lo hace entre viejos amigos y se sentó en la cuneta disponiéndose a charlar, esperando seguramente que nosotros rompiéramos el silencio, lo cual hicimos. Había algo enigmático y atractivo en él.
No encendió el pitillo sino al cabo de un largo rato, en el intertanto conversamos de la situación. En un momento bajó la cabeza y con voz ronca concluyó:
─Tarde o temprano los poderosos van a golpear. Eso ya es un hecho.
Lo decía con certeza. Los ojos le brillaban y nos miraba con insistencia.
─Hay que estar preparados —dijo finalmente.
La conversación derivó hacia otros asuntos. La noche tibia se prestaba para abordar temas menos contingentes. Nos apasionamos elucubrando sobre la vida en el universo. El hombre y yo defendíamos con vehemencia la posibilidad cierta de la existencia de otros seres inteligentes, o verdaderamente inteligentes, e intentábamos convencer con argumentos que nos parecían irrebatibles al Flaco Antonio y a Julio, quienes pronto adhirieron a nuestro entusiasmo. Matías, en cambio, adoptaba una actitud científica y pedía hechos y pruebas, por algo todavía era estudiante de medicina aunque las tareas y el compromiso le dejaban escaso tiempo para dedicarse a sus estudios.
De pronto el hombre se puso extrañamente rígido, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. El semblante se le fue congestionando en una mueca de dolor y sus manos gesticularon incoherentes. Con dificultad logró articular unas palabras. No entendíamos lo que desesperadamente intentaba comunicarnos. Fue Matías quien se percató:
— Es un ataque de epilepsia.
—¡Pañuelo, un pañuelo! ─gritó Julio.
El hombre, todavía de pie, trastabilló fuera de sí, posesionado de una especie de furia incontrarrestable. Cayó súbitamente de costado en el pavimento y una vez tumbado comenzó a convulsionar y a estremecerse de un modo indescriptible.
Julio forcejeaba para ponerle entre los dientes el pañuelo que le había pasado Antonio.
—Para que no se muerda la lengua ─nos instruyó.
Yo había colocado mi mano bajo su nuca y sentía su transpiración empapándole el pelo, sus movimientos eran sacudidas violentas. Antonio se inclinaba sobre él, se levantaba, blandía sus largos brazos y al final contemplaba atónito y horrorizado ese espectáculo que nos parecía un drama de otro mundo.
Cuando el ataque cesó estábamos más confundidos que la propia víctima y sólo atinábamos a observarlo, seguramente con cara de idiotas.
—Me van a dar dos ataques más ─anunció el hombre─. Son tres ataques seguidos. Ayúdenme para que no me rompa la ropa, son tres ataques…
Y sin poder terminar de señalarnos lo que vendría fue sacudido nuevamente por espasmos más terribles que los anteriores. Esta vez, sus dedos y uñas arañaban la ropa de manera incontenible.
Tratábamos de mantenerlo quieto e impedir que se rompiera la chaqueta y la camisa, pero nuestras manos se hacían pocas y nuestras fuerzas, inferiores al poder de la emoción y la estupefacción que nos embargaba, no eran capaces de mantener al hombre medianamente inmóvil. Saltaba como un poseso, hasta nos fue imposible impedir que se azotara la cabeza contra el cemento.
Después hubo otra tregua y pronto otro ataque, luego del cual quedó tendido, exhausto. Su chaqueta estaba hecha jirones en una de las mangas y la camisa, totalmente despedazada, era sólo hilachas blancas y sucias, colgantes como flecos.
Nosotros nos mirábamos sin saber qué hacer.
Volvió en sí sin la menor señal de angustia, como si hubiese estado descansando después de una larga y pesada jornada de trabajo.
—Estoy acostumbrado… Es la ropa la que se jode y, claro, mi mujer —dijo y nos quedó mirando, para luego agregar con voz paternal—, no se preocupen, no se pongan así. No es para tanto.
Y trataba inútilmente de componer las hilachas y jirones de la manga de su chaqueta.
—Esto me pasa siempre que tomo unas copas.
—¿Y para qué tomas entonces? ─preguntó Julio con ingenuidad.
El hombre lo miró como si mirara a un niño y encogió los hombros en señal de impotencia.
La atmósfera de tragedia que nos dominaba sólo se rompió cuando Matías hizo ademán de pasarle su campera, pero todos nos reímos porque era evidente que le quedaría chica.
El Flaco Antonio le dio su camisa mientras se colocaba el suéter que llevaba en el bolso. Conversamos otro rato, como si nada hubiese interrumpido nuestra charla anterior, y a eso de las cuatro de la mañana nos separamos a la altura de la Plaza Chacabuco que fue donde, a instancias del hombre, hicimos el último rayado de esa jornada.
Volvimos caminando hasta Mapocho. Estábamos cansados y nos movíamos con lentitud. Los tarros vacíos nos pesaban y no era por el esfuerzo físico que habíamos realizado pintando más de veinte murallas durante la noche, sino que algo invisible y de plomo nos pesaba en el ánimo.
Ese verano pasó como un relámpago, sucedieron muchas cosas, hicimos muchos rayados, participamos en tomas de tierra en Quilicura y Conchalí, logramos incidir en la formación de varios sindicatos en diversas industrias del sector.
Tiempo después vino el golpe de estado. Matías cayó una tarde de 1974 cuando, contraviniendo toda medida de seguridad clandestina, fue de visita a casa de sus padres para estar un rato con su hermana menor, a la que amaba entrañablemente, y donde la represión le había tendido una emboscada.
El Flaco Antonio cayó en un enfrentamiento, herido en una pierna y en un brazo. Desde entonces, y de esto hace más de treinta años, no se tiene el menor indicio de su paradero.
Con Julio nos volvimos a encontrar, desterrados, primero en Costa Rica y después en Suecia, ahí recordamos ese pasado, esos momentos perdidos en la distancia y el tiempo. Nos acordamos de esa noche y de ese hombre. Un recuerdo amargo y feliz.
La última vez que estuve con Julio fue en su casa en las afueras de Puerto Montt, pasamos con mi compañera, mis hijas y nuestro perro Platero un fin de semana, ya de regreso de una estadía en los alrededores de Cochamó y el estuario del Reloncaví.
El domingo, poco antes de despedirnos, nos llevó al cementerio de una aldea cercana. Recorrimos las tumbas y las lápidas como haciendo un inconfesado duelo, y conversamos bajo una vieja e inmensa higuera desde donde podíamos ver el mar y un horizonte lejano desde el cual también era posible vislumbrar esa noche remota que ahora nos parece un sueño y que se niega a perecer esfumada por la nebulosa del tiempo y del tráfago inexorable de esos años ardientes.
