por Oscar Orellana (Flaco Lucho)
Ese día el cura Pepe llegó mas temprano y risueño que de costumbre a mi casa. Siempre llegaba así. Con su sonrisa a flor de labios y cariñoso. Tenía ese carácter afable que de inmediato ganaba la simpatía de quién lo recibía.
Pero ese día su alegría era más patente aún.

– No sabes Flaco la noticia que traigo, me dijo.
– ¿Qué onda Pepe, alguna toma? ¿una manifestación? ¿una huelga?
– Noo, ¡vamos a ser vecinos!
– ¡Pero si ya casi lo somos, vivimos en la misma comuna poh!
– ¡No, déjame explicarte, resulta que me llegó una carta del Ministerio de laVivienda y ya nos asignaron los departamentos!
– ¿En serio? ¿No estás bromeando?
– Para nada -dijo, mostrándome el documento.
– Seguro que a ti también te llegará en los próximos días. A nosotros nos tocará en el bloque 3, que ya está casi terminado y ustedes estarán en el 5 que todavía esta en construcción. ¡Te imaginas estamos al frente!
- ¿Qué te parece la noticia?
– ¿Estás seguro Pepe, no estás bromeando ?
– ¡Como se te ocurre hombre! Esto va en serio.
– ¡Descueve poh Pepe!
– Super noticia. En cuanto llegue la flaca del trabajo selo voy a contar.
– Y cuando nos entreguen las llaves iremos juntos a visitarlo.
– ¿ De acuerdo ?
– ¡Por supuesto Pepe, excelente idea!
Íbamos a ser vecinos con el cura Pepe. En realidad siempre lo habíamos sido. Ya habíamos frecuentado la misma escuela cuando niños. La escuela N° 64 de Renca que quedaba en frente de la antigua Población Lourdes donde vivía el Pepe con su familia.
Yo vivía un poco más abajo. Algunas cuadras más hacia fuera de Renca. Frente a la San Genaro. La escuela N° 64 era una antigua casona señorial que probablemente albergó alguna familia de hacendados en los viejos tiempos. Entre la escuela y la población Lourdes había una cancha de fútbol y a un costado la Iglesia donde el Pepe oficiaba como monaguillo cuando niño. Pepe siempre fue muy católico. Por eso le llamábamos así con cariño, el cura Pepe.
A él nunca le molestó eso. Lo tomaba como algo propio a su persona y que lo hacía diferente a los demás.
Sus convicciones religiosas no le impidieron abrazar los ideales revolucionarios. Por el contrario, fueron parte de ellos y de lo que más adelante sería el Movimiento de Cristianos por el Socialismo.
Adolescentes, nos volvimos a encontrar militando en la misma organización política. El MIR.
En los primeros años de los setenta, la efervescencia social y política irrumpió con gran fuerza en nuestra comuna. Muchos estudiantes universitarios vinieron a apoyar este movimiento. Entre ellos, Angela, una bella estudiante de Filosofía que cautivó al Pepe. Al principio pasaban peleando, como buenos adolescentes.
A nosotros nos gustaba molestarlos con nuestras bromas.
– ¡Cabréense poh chiquillos! Si ustedes van a terminar pololeando – les decíamos con burla.
Angela se sonreía y el Pepe se ponía un poco colorado y cambiaba la conversación.
Y así no mas fue. El gran patio de mi casa materna con su nogal fueron testigos de ese pololeo de estudiantes-revolucionarios que rápidamente se convirtió en matrimonio, .. como Dios manda.
Yo también me casé muy joven y al igual que ellos, anhelábamos como todo el mundo a tener nuestro pequeño hogar. Pero en el fragor de aquellos años de intensa actividad social y política, no teníamos mucho tiempo para proyectar nuestras legítimas aspiraciones de familia.
Sin embargo, por ahí por el 72, nuestro amigo Pipa nos convenció a que postuláramos a un departamento en las nuevas poblaciones que el gobierno de la UP estaba construyendo. Ahorramos el dinero necesario para abrir nuestras libretas habitacionales y presentamos nuestras postulaciones.
A fines de ese año salimos en las listas de beneficiados. Íbamos a tener nuestros hogares y también seguiríamos siendo vecinos.
A mediados de noviembre del 72, el Pepe y Angela tuvieron su departamento. Esta buena nueva fue el preludio de la tan ansiada noticia: en abril del 73 supieron que esperaban un hijo para fines de ese año.
El día que me lo hizo visitar, el Pepe estaba radiante , no paraba de hablar.
– Mira, aquí voy a poner unas repisas en madera que estoy ya terminando. Acá en el medio del salón voy hacer una estantería para los libros y con eso hago dos ambientes.
– Viste, me decía mientras diseñaba en forma imaginaria con sus brazos –
– De veras Pepe, es una muy buena idea. Yo también voy a hacer lo mismo. Su entusiasmo me contagiaba.
– Yo te ayudaré para hacerlo, me decía. Tengo algunas herramientas y tu sabes como me gustan los trabajos manuales.
El cura Pepe era buen artesano y no me cabía duda alguna que realizaría lindos trabajos en su habitación. Los departamentos eran sencillos: Living-comedor, dos dormitorios, cocina y baño. No eran ningún lujo, pero para nosotros ellos representaban mucho más que eso. Representaban un hogar. Nuestro propio hogar.
Además, los fines de semana nos juntaríamos con nuestras familias, los amigos, un asado y jugaríamos con nuestros niños. Un sueño para jóvenes que nunca habíamos tenido nada propio.
Nosotros también esperábamos con ansias nuestro departamento. Lo tendríamos para fines de Septiembre.
Pero Septiembre del 73, no llegó junto con la primavera. El Golpe militar del 11 sumió al país en un largo y oscuro invierno. Con él, se acabaron los sueños y las aspiraciones de muchos chilenos. Todos nuestros planes se hicieron trizas y nuestras vidas se sumergieron en una clandestinidad opresora.
Fueron tiempos muy duros. Las detenciones, muertes y desapariciones de compañeros no cesaban. Pasaron varios meses antes que nos volviéramos a ver con el Pepe. Fue en una fría tarde de invierno, julio del 74. La alegría del encuentro no pudo disimular la gravedad de los hechos. En pocos meses nuestras vidas habían cambiado brutalmente. Percibíamos el peligro que nos acechaba constantemente pero no podíamos imaginar el horror que este encerraba.
No hubieron las bromas ni la risa llana que nos caracterizaba. Los tiempos ya no estaban para eso. Ya no se podía disimular la gravedad de la situación. El tono fue más bien serio y conciso como las condiciones nos obligaban.
– No traigo buenas noticias- le dije.
– Me imaginaba – me respondió. Vi la televisión. Tu primo también cayó ?
– Si, y yo por poco me salvé.
– Lo siento mucho Flaco.
– Gracias Pepe, la familia está muy mal. Pero hay que seguir resistiendo. Yo estoy en lugar seguro ahora. Nos golpearon muy duro esa estructura, como tú ya sabes. Hay que reorganizarla y el nuevo responsable eres tú.
– De acuerdo, no hay problemas, haré lo mejor que pueda.
– Pero hazlo con cuidado Pepe mira que la cosa está muy complicada.
Nos despedimos con un abrazo, conscientes del peligro que nos acechaba pero con la certeza que lo que hacíamos era lo correcto.
Ese fatídico mes cayeron muchos compañeros, los golpes se sucedían día tras día. La represión nos tenia agobiados. No la podíamos contener. El 25 de julio de 1974 nos volvimos a encontrar, estábamos muy complicados y nos reunimos con otros tres compañeros en el departamento de Pepe, trasgrediendo por la urgencia todas las medidas de seguridad. Nos quedamos a dormir y al mediodía del día siguiente nos despedimos.
Nunca nos imaginamos que esa sería la última vez que nos veríamos.En la madrugada del 27 de Julio, también sus sueños fueron tronchados.
La DINA lo había detenido y sufría los tormentos en Londres 38.
Desde ese siniestro lugar, una mano amiga hizo llegar un emotivo mensaje a su querida compañera antes de desaparecer junto con mi primo Ramón en las horribles garras de la Operación Cóndor.
Su sonrisa y su mirada de niño bueno se perderían en los horrores de lo impensable. En esos momentos, estoy seguro que pensó en Dios y le pidió que lo ayudara. Pero este no lo escuchó. Al parecer, casi nunca escucha a los pobres ni a los justos. La piedad ni la justicia no parecen ser su prioridad.
Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda.
Muchos torturadores siguieron yendo a misa todos los domingos. Arrastrando sus cínicas conciencias con bestiales crímenes a cuestas. Pero no creo que hayan tenido el valor suficiente para pasar al confesionario y tratar de salvar sus almas ya corrompidas y llenas de muerte.
