(de Pilar) [Viviana Herrera]
Cuando conocí a Ida Vera, lo primero que ella dijo fue: es tan niñita, me da no sé qué… Mucho después comprendí que tenía razón. La verdad es que yo tenía diecisiete años, pero me creía con la fuerza suficiente para cambiar el mundo… Creo que ella también. Con el tiempo demostró que era una mujer sabia y aprendió a ganarse mi cariño, mi respeto, mi admiración.
Éramos militantes en el MIR. Ella fue una compañera, una amiga, una camarada. Pero, sobre todo, alguien que me enseñó de la vida. Y eso es lo que quiero rescatar.
Un día que teníamos que encontrarnos, yo caminaba por la orilla del Parque Forestal, presurosa para llegar a la hora. Estoy hablando del año 74, en marzo o abril, no lo sé con certeza. Era comienzos de otoño. Siempre usábamos el barrio Bellavista, que en ese tiempo no era bohemio, sino un barrio residencial, tranquilo.
Justo antes de encontrarme con Ida Vera, veo pasar a mi hermana menor que hacía dos días que no llegaba a la casa. A mi padre lo habían llamado del liceo y le comunicaron que su muchachita estaba embarazada. Nadie en la familia lo sabía, hasta cuando él llegó con la noticia. Estaba furioso, y terminó echándola a la calle.
Salí en su defensa, me enfrenté a mi padre, discutimos y conseguí que, por lo menos, se calmara por esa noche. Pero a la mañana siguiente, insistió. Entonces, mi hermana tomo su bolso del colegio y partió a clases. Ya no volvió.
Sólo esa tarde -de comienzos de otoño- pude conversar con mi hermana, induciéndola a regresar al hogar, insistiéndole que no podía aceptar tener su hijo fuera de la casa. Llegué al encuentro muy perturbada y conmovida. Al verme así, Ida quiso saber que pasaba. De esa mujer yo no sabía nada, hasta nos conocíamos con otros nombres… pero le conté todo. Me encontró la razón, y me habló largamente, dándome ánimos y argumentos para luchar por mi hermana. Con el tiempo, en ese espacio de amistad, Ida fue profundizando en la coherencia que existe entre nuestra lucha y el respeto a la vida. Nos despedimos y partí hasta mi casa con la convicción de estar en lo justo. Mi hermana volvió muy tarde por la noche, pero fue de nuevo la pelea con mi viejo. Ella no se enfrentaba con él, era yo quien discutía.
Con Ida quedamos de acuerdo en reunirnos seguido. Ella parecía adivinar que las cosas se iban a complicar, nos veíamos con frecuencia en ese tiempo, casi a diario.
En cada encuentro, lo primero que hacía era preguntar por mi hermana, a la que nunca conoció. Se daba cuenta de mi preocupación y angustia y que mi hermana no tenía más apoyo que el mío. Sabía que yo estaba por cumplir los dieciocho años y que era estudiante de Técnico Agrícola. Muchas veces le hablaba de temas de mi profesión y del campo, Ida se centraba en la ética presente en esas cosas simples y naturales que yo le comentaba. Recuerdo que una vez me dijo “pero dile a tu padre eso que me contaste…como los animales cuidan a sus crías cuando las paren, como las protegen, ponle de ejemplo las plantas, la naturaleza…”.
Yo seguía sus consejos y enfrentaba a mi padre que se mantenía indignado y herido en lo más profundo de su orgullo.
Pero Ida Vera no se limitó sólo a eso.
Mi madre había tomado una posición neutral. También se sentía herida, por lo que sólo trataba de tranquilizar a mi padre, pero no defendía a mi hermana ni la aconsejaba. A mis escasos 18 años, yo no tenía la más remota idea que hacer con el embarazo de mi hermana.
Poco a poco, Ida me fue orientando sobre las cosas que había que resolver. Fue ella quien me preguntó “¿tu hermana tiene un vestido que le pueda acomodar a su guatita?” Yo me quedé pensando y puse cara de estúpida. Entonces agregó “tenemos que buscarle uno, tienes que comprarle ropa maternal, y si acaso no se puede, le conseguimos”. En el siguiente encuentro preguntó “¿tu hermana se está controlando el embarazo”? Volví a poner la misma cara de ignorante, nuevamente yo no sabía nada… Entonces ella dijo: “tienes que controlarla, tiene que ir al médico, tiene que ver a la matrona”.
Estuvo pendiente hasta que nació mi sobrino, un 16 de septiembre. Con Ida nos encontramos el día anterior, yo estaba más angustiada que nunca, el niño estaba por nacer y no tenía ninguna claridad de lo que iba a pasar. Sin embargo, Ida no dejaba de alentarme para que convenciera a mi padre de aceptar a ese niño.
Fijamos un próximo encuentro para el 17 de septiembre… Era el año 1974. Ése fue un encuentro de felicidad para la dos. Habíamos esperado juntas ese niño. Ida fue la primera persona en saberlo, estaba contenta y emocionada porque el niño había nacido sano. Recuerdo su sonrisa, recuerdo su abrazo… Le dije que le llevaría a mi sobrino algún día… que algún día… Para que ella lo conociera.
Poco tiempo después, me comunicó que teníamos que separarnos por medidas de seguridad.
Ida Vera nunca conoció a mi sobrino. Pero siento que ese niño prácticamente le debe a ella haber venido al mundo. Le debe, además, ser un niño muy amado por mi padre, muy amado por su familia y un joven al que hoy le gusta la música y tiene sueños y esperanzas. Siento que mucho de aquello es gracias a esa mujer, a esa compañera, la que sin conocerlo y sin conocer a la madre, fue capaz de involucrarse y creer que era bueno que naciera y que, aún en plena dictadura, sin mayores posibilidades de vivir en el mundo mejor por el que ella luchaba, fue capaz de tener la visión de lo que ese niño podía llegar a ser.
Por eso, mi homenaje a Ida Vera, a la que sigo queriendo, admirando y respetando, como la quería en aquella época.
