Semblanza «Chico Máximo» (Juan Olivares Pérez)

Juan Olivares fue una de las visitas recurrentes en la casa de Karaxú hasta el año 1978 y que impactó fuertemente a todos nosotros.

Juan visitaba a menudo París, aquí se reunía la Dirección Exterior del MIR, se relacionaba con los enlaces que venían del interior y se informaba sobre los avances y dificultades de la resistencia. Se había iniciado la Operación Retorno, por lo cual los cuadros del Partido tendrían que ingresar al país, para enfrentar la nueva etapa de lucha que se había decidido acometer, reforzar la presencia político militar que permitiera llevar a la clase obrera y al pueblo a terminar con la dictadura.

Y a propósito de la política de retorno, sobre la cual conversábamos intensamente, Juanito decía que ante la sola idea de ser considerado traidor por los compañeros y amigos o –incluso- cobarde, disipaba a priori cualquier sombra de duda sobre su intención de regresar al país. Quedarse, permanecer en París, en el exterior no era opción, ni siquiera fundadamente negarse al regreso. El determinismo moral, político o revolucionario lo instalaba sin excusa en la línea del retorno. Fatalmente obligado a entrar, un dirigente nacional, miembro del Comité Central, debe estar en Chile, como todos los dirigentes del MIR por lo demás, aun sabiendo que en esta vuelta se les podía ir la vida. En la misma condición que Miguel, Bautista, Edgardo y tantas y tantos otros compañeros, debía pasar por la misma extrema experiencia de la clandestinidad. El mismo narró que, conforme al procedimiento definido por el MIR, si bien se aseguraba el apoyo en algunas áreas como transporte, contactos y dinero para el viaje, ya en el interior era de su propia responsabilidad procurarse la infraestructura necesaria para sostener la clandestinidad, es decir, casa, trabajo, cobertura, “chapa”, recursos financieros, etc.

Un día, estando Juan de visita en la casa Karaxú, pregunté ¿Por qué si no tienes la seguridad garantizada para sobrevivir en Chile, si no vas a poder enfrentar la represión con las mínimas herramientas, si no cuentas con la solvencia material necesaria, vas a regresar? Y casi sin darle tiempo a que respondiera, sentencié: ¡Así no tienes ninguna posibilidad! Conversamos largamente ese día y ante su negativa, insistí: 

¿Entiendes Juan que el retorno en estas condiciones es caminar hacia una muerte segura? Deberías pedir más tiempo para preparar tu retorno en mejores condiciones de seguridad, con más recursos materiales para enfrentar la clandestinidad. 

Pero, en esas circunstancias, parecía ser que estos militantes entraban en una especie de atmósfera mística, interrumpiendo los códigos de la racionalidad cotidiana, una suerte de estado especial, diferente, quizá con el presentimiento (quizás con la íntima convicción) de que eran sus últimos días de vida en la tierra. De alguna manera, no podíamos dejar de ver en estos solitarios milicianos, la reencarnación actual de los míticos fedayines de Oriente. 

Apasionado de la música, rápidamente llegó a la casa de Karaxú, por lo que se hizo habitual verlo en la casa de Meudon. De alguna manera se las arregló para hacernos saber el aprecio que sentía por lo que estábamos realizando al convertirnos en la cara pública de todas y todos los militantes clandestinos. Solía permanecer largo tiempo en la sala de ensayos para guitarrear, para cantar sus canciones y acompañar las nuestras, nos enseñaba sus composiciones, nos apoyaba significativamente cuando la administración del Partido se hacía más lenta que de costumbre y requeríamos algún empujoncito para destrabar alguna gestión. Eran tiempos duros, sin embargo, sin deslizar nada que delatara su proyecto de retorno, Juan venía, saludaba, conversaba, se reía, era uno más de nosotros.

Hombre de diálogo fácil y agradable, amistoso con su entorno, humano, muy distante del sectarismo, abierto en lo político, cuestión bastante poco frecuente durante ese período de repliegue. Como dirigente nacional que conoció la prisión desde dentro y luego la expulsión del país, disponía de toda la legitimidad que el MIR otorgaba a militantes para que estuvieran en el exterior, más aún por tratarse de uno de los pocos miembros activos de la Comité Central del Partido que residía oficialmente en el exterior.

Juan Olivares toma la decisión de volver a Chile, a pesar de estar consciente de que la política de retorno presentaba claros signos de fragilidad operativa. Cuando entra a Chile, por el Aeropuerto Internacional de Pudahuel, el día 6 de marzo de 1980, se incorpora al trabajo de asesoría y apoyo de organización sindical de Santiago y de algunas regiones.

Para nosotros Juanito Olivares partió de regreso a Chile desde Meudon, desde la casa de Karaxú.

Juanito,

¡Te recordaremos siempre!

Franklin Troncoso Muñoz
Director Karaxú 1974-1978
Santiago, noviembre 2024