
Jueves 23 de abril de 1981, comuna de San Miguel, Santiago de Chile. (cerca de las 8 :00 AM)
① Gran Avenida esquina de Octava Avenida (esquina norte probablemente por ser parada de locomoción). Al punto de Juan Trujillo y Cecilia para recibir sus documentos de viaje al Perú por vía terrestre, llegan 3 compañeros. Uno de ellos lleva dos parlantes (barretines) de tamaño mediano que contienen propaganda (El Rebelde y panfletos).
② En Gran Avenida hay sucursales bancarias cercanas a esa esquina. Y vigilancia policial por ende. Una patrullera de carabineros pasa por la calzada opuesta de sur a norte. Da una vuelta en U en una intersección próxima (¿Séptima, Tannembaum?). Señal para el grupo de que han sido detectados. Uno de los 3 que llegaron juntos entrega a Juan un maletín que contiene probablemente sus documentos falsos y también quizás un revólver y le ordena salir de allí, por Octava Avenida hacia el oriente. Es lo que hace Trujillo y pierde por tanto contacto con el grupo, desconociendo lo que sucede después. En unos minutos su vida se acabará.
③ La patrullera se detiene delante de los 4 que siguen allí pero los policías no han comprendido que la mujer es también del grupo (Cecilia). La compañera se encuentra a algunos pasos solamente de los 3 miristas; entonces tranquilamente recoge los parlantes que están en la vereda y alejándose suavemente, toma la primera micro que pasa. Pero antes ella tuvo la posibilidad de oír los diálogos entre la policía y los compañeros. Por supuesto les pidieron documentos y el control fue superado con éxito para los interrogados. Sin embargo, uno de los carabineros se dirige a su superior informándole que ha visto a “otro sospechoso” que partió por la calle Octava Avenida.
④ Con esta información, el contingente policial retoma su vehículo y entra por la calle en cuestión tras los pasos de nuestro compañero Trujillo. Cometen el error de no interesarse principalmente en los 3 compañeros, miembros sin duda de alguna dirección. Trujillo está ya “congelado” por su situación de salud.
⑤ Poco antes de llegar a la intersección con Primera Transversal, Juan, al verse acorralado saca el revólver (del maletín, si había uno allí, o bien su propia arma si estaba él armado en ese momento). Sin esperar, seguro de que no es casualidad que la patrullera estuviera detrás suyo, dispara contra el vehículo. Una de sus balas consigue increíblemente bloquear el motor, (según información periodística recogida seguramente de testigos presenciales), lo que obliga a los policías a descender, parapetarse y disparar a su vez. Juan está protegido detrás de un árbol y probablemente ha continuado disparando hacia ellos.
El desenlace
La información periodística es unánime en afirmar que en un momento Trujillo puso el cañón de su arma en su propia sien y disparó por última vez.
Para el autor de este presente relato, no cabe la menor duda de que eso corresponde a la verdad. Esta convicción es coherente con el grado de conocimiento y cercanía que el autor tuvo con su entrañable amigo Trujillo, desde la adolescencia de ambos. Conocimiento y convicción de su arrojo y de su total compromiso. Pero además Juanito Trujillo estaba herido en una ingle con salida de proyectil por la nalga, hecho ocurrido durante uno de los asaltos a tres sucursales bancarias de calle Santa Elena. Allí un pobre viejo, guardia de seguridad de un banco, creyó necesario, por un sueldo sin duda miserable, hacer frente a varios asaltantes con armas automáticas y alcanzó a disparar (hacia abajo, puesto que Juan recibió esa bala en trayectoria descendente) antes de ser probablemente ultimado por otro de los participantes en el exitoso asalto. Por haber ocurrido una muerte por bala en el lugar, la Brigada de Homicidios tenía que tomar cartas en el asunto y el proyectil ensangrentado no dejaba dudas de que había un asaltante herido. La policía científica no era lo mismo que la CNI. Pero ésta, con esas conclusiones, comprendería rápidamente que el herido en aquel asalto múltiple era Trujillo, pues pronto detectarían en su cuerpo las huellas de entrada y salida del proyectil.
Juanito le relató personalmente al autor de estas líneas los detalles de aquella operación. Nuestro malogrado compañero, luego de haber sido evacuado una vez que hubo comprendido que estaba herido (de lo cual se percató solamente algunos minutos después), debió ser atendido en condiciones probablemente muy precarias pero al cabo de algunos días la herida parecía comenzar a cicatrizar. Regresó entonces a la casa de seguridad en la calle Radal, de Quinta Normal, donde un antiguo compañero de luchas estudiantiles ofrecía su morada a Juan y al autor. El hecho político/policial había sido ampliamente cubierto por la prensa, radio y TV y no quedaba duda para los moradores de allí de que Juan era parte del grupo de asalto, lo que explicaba su herida y lo que explica que Juan compartiera esas informaciones con ellos durante su convalecencia. Esta duró poco menos de una semana. Su pareja, Cecilia, entretanto iba y venía pues su vivienda principal no podía ser dejada en abandono, lo que despertaría sospechas.
Posteriormente Juan Trujillo se reincorporó al trabajo en la Fuerza Central y participó en el derribamiento por explosivo de una torre eléctrica (en un cerro de Renca, probablemente). Allí, en una total oscuridad un integrante del grupo operativo (joven y sin experiencia, seguramente) creyó ver siluetas de policías y dio voces de alerta. Sin esperar una verificación, muchos echaron a correr cerro abajo y Juan debió hacer lo mismo. Pero sólo algunos segundos más tarde cayó paralizado y no pudo levantarse. Dio aviso a gritos a los demás, que acudieron en su ayuda y pudieron llevarlo casi arrastrando hacia el o los vehículos para evacuar rápidamente el lugar. Este incidente se produjo al parecer antes de que la acción misma hubiese podido ser terminada con éxito. Si Juan hubiese además perdido el conocimiento probablemente nunca lo habrían hallado; la oscuridad era total.
Era evidente que su herida le pasaba factura en ese momento y que podía tratarse de un caso grave lo cual fue confirmado cuando sus compañeros lograron conseguir que un radiólogo lo examinara: la radiografía era elocuente: había esquirlas de plomo muy cerca del nervio ciático. Eso necesitaba una operación de alta cirugía y a menos de secuestrar todo un equipo médico con quirófano incluido, cualquier otro intento ponía en serio peligro su movilidad y autonomía.
Esta constatación motivó una segunda convalecencia y la decisión de enviar a Juan Trujillo a Cuba, según su propia declaración.
Así, llegamos al jueves 23 de abril de 1981 en que Juan Trujillo, con sólo 24 años, entra en la dimensión de los grandes y consigue de alguna manera la eterna juventud, que tantos han perseguido inútilmente en la Historia. Pero si bien los carabineros que se enfrentaron con él quizás respetaron la dignidad de su cadáver, no fue así con los esbirros de la CNI que llegaron luego al lugar, quienes mancillaron su cuerpo inerte, desnudándolo allí mismo sobre la fría calzada para confiscar cualquier información que pudiera serles útil. Las fotos de la prensa son elocuentes y seguramente no fueron del agrado de todos los miembros del mundo periodístico y ni siquiera de muchos de la dictadura misma.
Al mismo tiempo que los esbirros acometían su carroñera acción, Cecilia llegaba a la casa de Radal, ignorante del trágico desenlace pero a la vez con fuertes presentimientos y muy poca esperanza. La confirmación llegó rápidamente a través de la radio, que informó de la muerte de un hombre joven en Octava Avenida, cerca de las 8 de la mañana de aquel día. El informativo radial daba el nombre y apellido de la víctima, lo cual permitió a Cecilia confirmar su temor algo terrible pues correspondían a la chapa utilizada por Juan Trujillo y que sin duda la prensa comunicó igualmente.
Una vez superado el largo momento de amargura sufrido por la pareja y los amigos entrañables de Juan, fue necesario tomar las medidas de protección, de las personas y de la casa pues existió el temor de que la CNI difundiera una foto de Trujillo motivando que alguien del barrio denunciara haberlo visto salir o entrar en aquella vivienda de la calle Radal. Cecilia temía dejar abandonados documentos y recursos que la pareja de revolucionarios tenía en su morada principal, que era un departamento (en calle Huérfanos posiblemente, según memoria). El autor de estas líneas, con evidente ingenuidad le propuso a la compañera acompañarla a “limpiar” lo que fuera posible de aquel lugar, pues ella lo veía como una opción. Sin embargo, con mucha prudencia, o simple intuición desechó Cecilia esa posibilidad. Según la información periodística, la CNI hizo volar en astillas el interior del departamento donde vivía el “terrorista” durante esa misma mañana mediante un lanzacohetes desde la vereda de enfrente. Una operación 100% segura para los esbirros.
Luego de haber quizás salvado su vida y la del autor, sin saberlo hasta ese momento, Cecilia abandonó la casa de seguridad de Radal, despidiéndose para siempre de los dos compañeros que habían acogido a la pareja de combatientes. Algunos meses más tarde ella cayó en poder de la CNI y pasó varios años encarcelada.
En la casa de Radal comenzó entonces una agitación nunca vista allí. Se suponía que había un margen de tiempo antes de la publicación de la foto de nuestro entrañable “negro” Trujillo, quien frecuentaba esa casa desde hacía al menos 12 años. Allí se tramaron huelgas estudiantiles, tomas del liceo, se imprimió panfletos, afiches, se salía a rayados nocturnos, tanto de la JS como del MIR. Ese 23 de abril había que borrar toda huella que comprometiera a los propietarios, una familia de izquierda muy solidaria. Documentos y sobre todo informaciones que se consideraron de gran valor en un momento, desaparecían una tras otra bajo las llamas: planos de comisarías, de bancos, hasta de una de las cárceles de alta seguridad que la dictadura empezaba a construir. Documentos preciosos que atesoraba el autor de estas líneas y que con gran riesgo algunos y algunas simpatizantes de la Resistencia sustraían o fotocopiaban en servicios públicos o empresas de diverso tipo. Sin embargo no hubo difusión de foto alguna de Juanito Trujillo y la represión no conoció esa casa de seguridad. Queda por dilucidar, hasta hoy, el cómo la CNI sí pudo llegar rápidamente al departamento de calle Huérfanos, explicación que quizás Cecilia logró comprender más tarde. Las hipótesis no viene al caso señalarlas aquí.
Junto con esa información relativa al uso de una bazuca por parte de los esbirros, la prensa, la radio y la televisión informaron de un vehículo desde el cual se efectuaron disparos en contra de la patrullera policial durante el tiroteo entre los policías y nuestro compañero. Esto hace suponer que los otros tres miristas intentaron intervenir pero con toda evidencia la desigualdad de armamento hacía imposible rescatar a Juan.
Es posible que la represión manejase fotos, retratos hablados y descripciones de la contextura de Juan, por haber tomado parte en numerosas acciones con testigos. Es evidente que el gesto de Trujillo de abandonar el lugar del punto de contacto, puso a salvo a los 3 compañeros y también a Cecilia, su pareja.
