Palabras enviadas por Jaime Álvarez (Iván), desde Noruega
A Pepe lo conocí muy bien. Eramos vecinos, amigos y camaradas.
Por eso, se muy bien que quienes lo apresaron para llevarlo a las mazmorras de la dictadura cívico-militar y torturaron buscando que delatara a sus compañeros no le conocían en absoluto.
Y como no lo lograron, lo asesinaron e hicieron desaparecer sus restos que hasta el día de hoy buscamos.
Y es que, quienes se lo llevaron, no sabían de qué madera estaba hecho Pepe, no tenían idea de cuan fuertes eran sus convicciones y su lealtad con su pueblo y con sus compañeros. No sabían que esos principios eran inalterables.
Porque esos principios estaban basados en su condición de cristiano de avanzada y en su condición de militante revolucionario. Él había comprendido que la verdadera misión del cristiano de avanzada es estar junto a los probres, junto a su pueblo. Y no del lado de los dueños del poder y la riqueza, no del lado de los mercaderes que, por ganar unas monedas más son capaces de vender cualquier cosa, de vendera cualquiera. Los mercaderes actuales son -en realidad-los herederos de esos otros, de esos que Cristo echara con cajas destempladas de su templo y los alrededores.
Por eso, Pepe se adentró en el estudio de esas ideas, de esa forma de enterder la fe cristiana que, en esos años, estuvo muy presente, sobretodo en América Latina: La Teología de la Liberación.
En el camino de la formación de su consciencia, Pepe fue descubriendo que esa idea, que rescataba al Cristo verdadero, tenía muchos paralelos, muchas coincidencias con las luchas de liberación que, en los años 60 y 70, se hacía presente en todo nuestro continente.
Y entendió que ambas ideas eran coincidentes en lo esencial: la liberación del hombre y con la lucha por terminar con la opresión de los pobres y con la depencia. Que esa lucha nos podía llevar a la creación del hombre nuevo del que hablaba Ernesto Ché Guevara.
Pepe era un estudiante ejemplar, un padre y esposo querendon y un revolucionario a toda prueba.
Nunca fue ni «violentista», ni «terrorista» ni ningún epíteto que los enemigos del pueblo le quisieran poner. Era un joven de avanzada que sacrificó muchos de sus intereses personales por participar, por luchar por sus ideas, por buscar hacer realidad la nueva sociedad que buscabamos construir.
A este amigo, hermano, camarada, nunca lo olviadremos. Siempre estará presente.
A 50 años de su caída, honor y gloria a este hijo del pueblo, a este luchador popular.
Hagamos que su sacrificio no haya sido en vano.
