Aníbal, el Encargado Militar del G-9

Quiero hablar de Aníbal y lo que recuerdo, que no es mucho. No hablaré de Benancio porque ese nombre político no se le pegó como el de Aníbal. Quizás porque era fácil asociarlo al guerrero cartaginés, que le plantó cara al imperio más grande de su época, en la plenitud de su poderío. Por su parte, Benancio tenía un sonido campesino que no iba con él, eso debe ser por la canción “La madre del cordero” que cantaba el Temucano, que entonces nos caía bien y después nos caía muy mal. Una forma de decir esto sería que él se había ganado el nombre de Aníbal. En todo caso ni Aníbal ni Benancio ni algún otro nombre que haya tenido podríamos llamarlo un nombre falso.

Creo que a todos nos pasaba lo mismo, nos cambiábamos el nombre político, pero había uno que se nos pegaba y era imposible sacárselo, lo cual era inconveniente para la seguridad, nosotros no lo llamábamos chapa, esa palabra apareció mucho después en el vocabulario chileno o al menos en la jerga mirista, aunque expresa correctamente la intención de tapar, de poner encima de nuestros nombres un nombre distinto, una chapa, pero con los nombres no se juega, cuando están bien puestos se van hundiendo en la piel hasta llegar a los huesos y son tan legítimos como el que te pusieron tu vieja o tu viejo y casi siempre era la mamá la que ponía los nombres, pero el padre estaba convencido de que había sido él quien lo había elegido. Claro está que ellos, a veces, te cambian el nombre por cariño.

La Jefatura del G-8 antiguo, el de Matías (Álvaro Vallejos Villagrán), por no tener lugar de reunión, usaba la casa de la familia de Aníbal, la seguridad se había relajado bastante durante el Gobierno de Allende. Las reuniones eran largas y casi nunca comíamos en esos momentos. De pronto aparece la mamá de Aníbal, que lo llama:

      ―Querubín, les traje unos sangüchitos, porque tú y tus amigos no se pueden alimentar de puro café y puchos.

      Los sánguches eran de queso y estaban geniales, nos llegábamos a atorar de tanto comer y reírnos del Querubín, y no fue solo mientras devorábamos esas delicias, sino que mucho tiempo después, seguíamos palanqueándolo con el nombrecito aquel.

Aníbal no decía nada, parecía aguantarlo todo de la forma más estoica posible, pero ahora sabemos que aquel nombre no le disgustaba, tanto que alguna de sus tiras cómicas las firmaba como Querube. Así es el misterio de los nombres.

      Entonces no sabíamos que se llamaba Luis Jiménez, que era dibujante y que era un poco mayor que nosotros, aunque no se le notaba mucho.

Lo conocí en la Jefatura del G-8 cuando Gaspar dejó esa estructura para pasar a cumplir “otras tareas”, así se decía y uno calculaba que lo habían ascendido. Eso puede haber sido en el 71 o el 72. Aníbal era el nuevo Encargado Militar, Jefe de la Unidad Operativa.

El G-8 era una estructura bastante grande, encargada del gigantesco territorio de Barrancas (actual Pudahuel), Quinta Normal, Estación Central, Renca, Conchalí y Quilicura, como la Universidad Técnica quedaba dentro de ese territorio se fue transformando en lugar para reuniones, sobre todo si éstas eran con muchos asistentes.

Matías, el Jefe del G-8, nos había convocado un día sábado a un ampliado de más de 20 compañeros y compañeras jefes de unidades con la jefatura en pleno. Todo transcurrió sin novedad hasta el momento en que salimos y nos rodeó un grupo de las Juventudes Comunistas que se sentían dueños de la UTE y no querían permitirnos estar ahí. Si les aguantábamos y nos retirábamos no podríamos seguir haciendo trabajo político en ese frente, lo cual era inadmisible y no quedaba otra que agarrarnos a coscachos.

Estaba a punto de empezar la refriega cuando Matías sacó la voz fuerte y clara:

―Yo soy el jefe de este grupo y desafío al jefe de ustedes a una pelea a puño limpio en lugar de pelear entre todos.

Salió el jefe de los comunistas y aceptó el desafío, la cosa no se perfilaba bien para nosotros porque Matías usaba lentes y era más bajo que el otro. Matías se sacó los lentes y empezó el primer round y antes de que tocaran la campana se vio que nuestro jefe llevaba las de perder, estaba recibiendo más de lo que daba.

Nadie se atrevía a intervenir, pero Aníbal lo hizo muy bien:

―Un momento, esta pelea no tiene que ser entre los jefes políticos, sino entre los jefes militares. Yo soy el encargado militar de este GPM y la pelea va a seguir, pero con el jefe militar de ustedes.

―No me parece correcto― dijo el jefe de los jotosos―. Nosotros no tenemos Encargado Militar.

―Ahhh, si no tienen instrucción militar yo no respondo por lo que pueda pasar aquí.

Con tanto bla-bla los ánimos se habían ido calmando y el jefe del grupo de la Jota se confundió con los suyos y empezó la retirada. Todo no pasó de ser un conato de pelea, gracias a la actuación de Matías y sobre todo a la de Aníbal que, sin ser alto, tenía un físico bastante fuerte.

Poco tiempo después el viejo G-8 se dividió, dando origen al G-9 en el territorio de Estación Central, Quinta normal y Barrancas y al nuevo G-8 en Renca, Conchalí y Quilicura.

Aníbal pasó a ser el Encargado Militar del G-9. Esta nueva estructura siguió ocupando la UTE como centro de operaciones no clandestinas, sin volver a ser molestados por los militantes comunistas que eran numerosos.

En el acuartelamiento que empezó después del Tancazo, el 29 de junio y duró hasta el 10 de septiembre, la UTE fue el principal lugar de acuartelamiento del G-9 en Quinta Normal y el campamento Playa Girón lo fue en Barrancas.

Mateo